Blogger Template by Blogcrowds.

Eclipse, de Stephenie Meyer


De pronto, saltó una chispa de intuición en aquel silencio sepulcral y encajaron todos los detalles.

Algo que Edward no quería que supiera.

Algo que Jacob no me hubiera ocultado.

Algo que había hecho que los Cullen y los licántropos anduvieran juntos por los bosques en peligrosa proximidad.


Algo que, de todos modos, había esperado.

Algo que yo sabía que volvería a ocurrir, aunque deseara con todas mis fuerzas que no fuera así.


¿Es que nunca jamás se iba a terminar?


Hace dos días terminé mi lectura de Eclipse, la tercera entrega de la saga Crepúsculo, ideada por la escritora mormona estadounidense Stephenie Meyer. A veces me paro a pensar fríamente en lo rápido que las páginas de esta tetralogía fluyen por mis ojos y entre mis dedos... porque es entretenimiento en estado puro. Pero nada más.


Tras la pequeña decepción que supuso para mí Luna Nueva, Eclipse se ha constituido un soplo de aire fresco, una atmósfera renovada, un conveniente y bienvenido cambio en el devenir de la historia. Y es que disfrutar de más de seiscientas páginas de la familia Cullen, de Edward, tiene sus ventajas; ya pueden acudir licántropos miles, sempiternas clases de Jacob Black entre sus páginas que ante la simple mención de algún Cullen todo ese malestar se disipa. Porque, en mi caso particular, y aun teniendo presente la importancia que Meyer parece inculcarle a los licántropos en la historia de Bella, tanto que los intenta introducir en la historia sí o sí, aunque no encajen en el rompecabezas perfecto que Bella forma con los Cullen, la simple mención de algún miembro de este singular aquelarre familiar vampírico suponía volver a sumirme en el más dulce de los sueños, en el más agradable viaje de mi imaginación hacia el universo de Meyer. Todo lo demás sobraba... cualquier aparición de algún miembro del clan licántropo suponía un brusco y molesto despertar a mi sueño; y es que estaba francamente feliz dejando a mi imaginación inerte, para que alguien la guiara hacia algún lugar determinado, donde el disfrute absoluto sólo era posible cuando algún Cullen hacía acto de presencia; incluso Rosalie... el trío que Stephenie Meyer se sacó de la manga entre Jacob, Bella y Edward me cansa, me agota de veras... un trío amoroso innecesario para la historia, creo yo, pero vital para seguir engrosando las más que rebosantes arcas de la autora.


Eclipse me ha gustado muchísimo más que Luna Nueva, pero no tanto como Crepúsculo. Ahora me hallo inmersa en la lectura de Amanecer, y será entonces cuando reflexione de veras y haga balance de lo que la tetralogía Crepúsculo ha supuesto para mi, espero y anhelo, larga vida como lectora. De momento, tan sólo reconocer lo que es una evidencia, y es que Crepúsculo es frívolo entretenimiento, en el más puro estilo de la palabra. Dudo mucho que, dentro de un año, continúe mirando esta saga con los mismos desquiciados ojos con los que la contemplo ahora. Una cosa es innegable, y es que el impacto cultural está ahí, eso no lo podemos cuestionar, pero no puedo evitar entristecerme al pensar que la mayoría de estas personas que ahora rigen su vida lectora por Crepúsculo, público y lectores adolescentes en su mayoría, no sabrán jamás, probablemente, quién era Vlad Tepes y la importancia de éste a la hora de forjar el mito más grande de la literatura vampírica: Drácula. Es más que probable que esta contracultura teen sepa de la existencia del más famoso conde vampiro sólo por los Chupa-Chups de fresa que tan bien saben...


Sea como fuere, tampoco puedo evitar sentirme avergonzada... Alexander Pushkin debe estar moviéndose en su tumba sin parar; iba a leerme sus narraciones completas en una edición de lujo de Alba Editorial que compré hace tiempo... pero el vampiro me llamó, y yo le invité; parece haberse asentado en mi habitación, y también parece estar cómodo aquí... y la verdad, a mí no me molesta su presencia. En absoluto.


Catherine Heathcliff.


Lo que estoy escuchando: Leave Out All the Rest, de Linkin' Park (Twilight Original Soundtrack).

Australia (2008), de Baz Luhrmann

30 de diciembre de 2008. Hora: 12.45. Suena The Scientist, de Coldplay, mi tono para llamadas entrantes en mi Nokia 7373. Me están llamando. Es J. M..

Catherine Heathcliff: ¡Hola!
J. M.: Muy buenas, señorita. ¡Que andas muy perdida!
Catherine Heathcliff: Sí, bueno... qué va, hombre.
J. M.: ¿Qué tal? ¿Cómo estás, muchacha?
Catherine Heathcliff: Bien, bien, estoy bien; ¿y tú?
J. M.: Bien... muy liado estos días. ¿Y las Navidades?
Catherine Heathcliff: Bien... tranquilitas, que no es poco.
J. M.: Te llamé ayer...
Catherine Heathcliff: Sí, lo vi, pero no te pude coger la llamada; estaba en el cine.
J. M.: Ah... ¿y qué viste?
Catherine Heathcliff: Pues ví un rollo como una casa, eso es lo que ví.
J. M.: ¿Sí? ¿El qué?
Catherine Heathcliff: Australia.
J. M.: ¿En serio? Oye, pues a mí me han dicho que está genial.
Catherine Heathcliff: Pues te han engañado... y a mí me han timado.
J. M.: ...




Pues sí, eso es lo que vi ayer. Desperdicié 165 minutos de mi vida viendo la última película de Baz Luhrmann, y la verdad, no consigo quitarme de encima la desagradable sensación de que me han timado. Luhrmann, Kidman, Jackman, los canguros... todos se están riendo de mí ahora mismo. Pero riéndose con ganas. Tendría que haber ido a verla el 28 de diciembre, no el 30; hubiese sido una gran inocentada.

Lady Sarah Ashley (Nicole Kidman) es una adinerada inglesa que emprende viaje hacia Australia para controlar el rancho propiedad de su marido. Cuando llega al inhóspito continente, se encuentra con su marido asesinado, un rancho, Faraway Downs, en ruina absoluta, y los ambiciosos y despiadados comerciantes de ganado robándole sus mejores reses. Por si esto fuera poco, los rancheros que trabajan en su propiedad son rudos y curtidos, sobre todo, Drover (Hugh Jackman) con el que mantendrá una relación de odio... y de amor apasionado. Por si las complicaciones de Sarah fueran pocas, la Segunda Guerra Mundial llega a Australia y amenaza con destruir la idílica vida que había creado...

Aunque las interpretaciones son correctas -nada nuevo, pues Kidman y Jackman son actores con gran talento, y no era menos lo que se podría esperar de ellos- y los paisajes son impresionantes, mostrándonos lo desconocido y fascinante que es ese continente, la película supuso una de mis grandes decepciones, a nivel cinematográfico, de este año. La esperaba con ganas, pues este género siempre ha suscitado mi curioso e inquieto interés, pero el resultado fue poco menos que desastroso. Y eso no debería sorprenderme, pues Baz Luhrmann jamás ha sido santo de mi devoción. Nunca. Jamás. Y sé que Ayrim me matará tras leer esto... aunque creo que ya lo sabe, y sigo viva. Tras la desastrosa experiencia que para mí supuso ver Romeo + Julieta (Romeo + Juliet, 1996) o Moulin Rouge (2001), en la que un guión paupérrimo aparece enmascarado por una banda sonora impresionante, no debería sorprenderme el hecho de que Australia no me gustara, pero, sinceramente, pensé que Luhrmann se había resarcido; y lo hizo, pero a peor.

Australia es un intento vano y pretencioso de emular las grandes historias románticas épicas, como Lo que el viento se llevó. Obviamente, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia; no se puede resucitar un género intentando mezclar la comedia con el drama por doquier y sin orden ni concierto. Es más, no se puede resucitar un género del que prácticamente se ha dicho todo ya... Lo que el viento se llevó (Gone with the Wind, 1939) y Memorias de África (Out of Africa, 1985) son pesos pesados, querido Baz. Ni Nicole Kidman es Vivien Leigh, ni Hugh Jackman es Clark Gable. No obstante, si lo que se pretendía era homenajear a las grandes películas del género, se podía haber hecho en menos tiempo y sin menos extravagancia. Que a la película le sobra una hora larga, no es ningún secreto, y que el señor Luhrmann es un megalómano de cuidado, tampoco nos pilla de sorpresa; lo peor de este hombre es que su ego desmedido le lleva a autoproclamarse en un nuevo creador de obras maestras que se quedan en obrillas, rayando el blockbuster, y que aburren hasta la saciedad.

En lo que se refiere al contenido político de la misma... es peliagudo. No soy una experta en la materia en lo que a la Generación robada se refiere, pero sí que la he estudiado durante mi primer año de doctorado; sí considero, empero, estar en lo cierto al decir que Australia no conmueve al espectador ante esa tragedia. Si queremos realmente ver un ejemplo de lo que supuso el atroz fenómeno de lo que se denomina como Generación robada, recomiendo encarecidamente una película para la gran mayoría desconocida: Valla a prueba de conejos (Rabbit-proof Fence, 2002); si alguien, después de leer esto, se decide a verla que se prepare, pues verá que hay demasiadas cosas que se nos escapan, y ante las que cerramos los ojos.

Sobre los aborígenes... quizá eso sea en lo único en lo que Australia consiguió conmoverme, pues la sabiduría de un pueblo ha quedado recluida y olvidada en reservas, como ocurre con los nativos americanos en Estados Unidos. Ellos son los únicos dueños de esas tierras, y los rostros pálidos se las hemos quitado. Tiembla el suelo bajo mis pies cada vez que pienso en eso, y es que la realidad es dolorosamente cruel. Recomiendo, pues, un libro escrito por una aborigen, por una mestiza, como el pequeño Nullah de Australia; el libro en cuestión se titula My Place, y su autora es Sally Morgan. Es una delicia de libro, y realmente ayuda a entender cuánto nos queda por aprender de quienes humillamos y despreciamos.


Catherine Heathcliff.


Lo que estoy escuchando: Concierto de clarinete KV 622, Adagio, de W. A. Mozart.

Luna Nueva (New Moon), de Stephenie Meyer


Cuando el papel me cortó el dedo, sólo salió una gota de sangre del pequeño rasguño. Entonces, todo pasó muy rápido. "¡No!", rugió Edward. se arrojó sobre mí, lanzándome contra la mesa y aterricé en un montón de cristales hechos añicos. Jasper chocó contra Edward y el sonido pareció el choque de dos rocas... Aturdida y desorientada, miré la brillante snagre roja que salía de mibrazo y después a los ojos enfebrecidos de seis vampiros repentinamente hambrientos...

Estas son las palabras que la edición de la segunda novela de la saga Crepúsculo nos ofrece en la cubierta trasera. Prometedoras; y digo que lo son tal especialmente para el lector ávido y sediento de la sangre negra que es la tinta vertida en esta tetralogía molestamente adictiva. Es muy probable que, si el lector finaliza la lectura de Crepúsculo, casi en segundos se apresure a abrir por primera vez las páginas de Luna Nueva, y comience así de nuevo la espiral, anhelando sentirse de nuevo subyugado, morbosamente derrotado, por el incipiente encanto del vampiro. Sin embargo, hay una ligera diferencia, y es que esta vez, la espiral se transforma en un círulo vicioso de difícil salida, casi en un un mal sueño con un brusco despertar. Y lo peor de todo es que ese mal sueño dura prácticamente toda la novela.

Drástico y brusco cambio entre Crepúsculo y Luna Nueva.

Como si de un rite de passage se tratara, cuando uno finaliza la lectura de Luna Nueva no puede sino pararse a reflexionar en el hecho de que sólo el principio y el final de la novela merecen la pena, es decir, sólo las partes en las que los Cullen interactúan de manera directa en la historia; el resto... polvo y aire, parafraseando al Máximo Décimo Meridio ideado por Ridley Scott. Peor aún, uno descubre el hecho de que se ha bebido Luna Nueva en cuatro días sólo porque esperaba encontrarse con algún Cullen de nuevo... la misma ansia de volver a leer nombres como Alice, Carlisle, Esme, Jasper, Rosalie, Emmet... y Edward. Sed de los Cullen, sed de vampiros... y no de hombres lobos. Como una herida cicatrizante, que tira y escuece en su proceso, la palabra licántropo y todo lo que de ello derivaba, se me antojaba molesta. Jacob, aun siendo un personaje francamente agradable y digno de inocente e infantil simpatía, se convirtió en ese gran hastío que dominaba la vida de Bella y que, por extensión, ponía a prueba mi más que paciente lectura.

Me bebí la sangre negra que la tinta de Luna Nueva vertía entre sus páginas en cuatro días, esperando que se tornara en la roja que revitalizase de nuevo mi avidez lectora, y que sirviese como morboso reclamo y fogosa invitación para que los Cullen volvieran a visitarme. Y lo hicieron, y de nuevo me entregué a ellos con delicioso frenesí, sin oponer resistencia. Pero me supo a poco, mi sed de vampiros no se había saciado aún con su regreso, y necesité de Eclipse para comenzar a sentrime satisfecha de nuevo...

En el momento en el que escribo esta entrada, todavía me nutro de Eclipse, pero presiento que dejará de serme útil en breve; sin embargo, Amanecer está ahí, aguardando, expectante...
Catherine Heathcliff.
Lo que estoy escuchando: Decode, de Paramore (Twilight Original Soundtrack).


Hay tres cosas de las que estoy completamente segura.


Primera, Edward es un vampiro.


Segunda, una parte de él se muere por beber mi sangre.


Y tercera, estoy total y perdidamente enamorada de él.



Toda persona que se haya topado con el primer libro de la tetralogía ideada por Stephenie Meyer, Crepúsculo, estará más que familiarizada con estas palabras. Con toda probabilidad, son las primeras palabras que el ávido y curioso lector leerá en la cubierta trasera del libro. Y son prometedoras, todo hay que decirlo.


En el momento en el que escribo esta entrada hace exactamente una semana que me terminé este libro del que ahora escribo; en este intervalo de tiempo, he leído la continuación de la saga, Luna nueva (New Moon), algo que hice en tan sólo cuatro días, y ahora me hallo en pleno proceso de lectura de Eclipse, el tercero. No hace falta ser un genio, o poseer algún don especial a lo Cullen para darse cuenta de que sí, también yo he sucumbido al huracán imaginado por Meyer. Y la verdad, estoy encantada.


Primeramente, he de confesar que me rendí al universo de Crepúsculo en parte por la publicidad desmedida que arrastraba su adaptación cinematográfica (de la que hablaré más adelante en este, mi blog), y en parte por el boca-a-boca de la gente que me rodeaba, y que iban sucumbiendo ante las mordeduras implacables del vampiro. Y ahora, ya que me hallo completamente vampirizada por los Cullen, no paro de preguntarme por qué no caí antes en sus redes, en lugar de dejarme llevar de manera inerte y a la deriva por la masa que ha sentido espoleada su curiosidad ante el éxito de la adaptación cinematográfica. Eso lo he odiado siempre. Pero ni siquiera yo he sido inmune; ni siquiera yo.


A estas alturas, poco puedo decir del argumento de la obra que no se sepa ya; sólo unas cuantas líneas, para tranquilizar mi conciencia. La apocada vida de Bella Swan cambia de manera radical al decidir irse a vivir con su padre, el jefe de policía Charlie Swan, a la pequeña localidad de Forks, Washington, uno de los lugares más oscuros, fríos y lluviosos de todos los Estados Unidos. Allí conocerá a Edward Cullen, con el que vivirá una apasionada historia de amor que trasciende los límites de lo humano y de lo terrenal... y es que Edward (y, por extensión, toda su familia) es un vampiro, un vampiro ávido de la sangre... de Bella. Edward y Bella se convertirán el uno al otro la esencia misma de su propio ser y de su existencia, pero a la vez en su propia condena.


La literatura vampíricia siempre ha sido mi existencia, mi ilusión, la esencia misma de mi ser, hasta el punto de que le estoy dedicando mi vida laboral y mi trabajo como investigadora en literatura inglesa. Llegados a este punto, no debería sorprender a nadie, pues, que las obras de Meyer me subyugaran de tal modo. Pero siempre hay un pequeño hándicap, y no es otro que el amor incondicional que profeso a los vampiros... clásicos, a saber: Drácula, Carmilla, Christabel, Lord Ruthen, Sir Francis Varney, Lamia, entre otros; en suma, todos ellos vampiros decimonónicos, vampiros byronianos, que gestaron el ideal de vampiro aristócrata y seductor que concebimos hoy día. Yo, amante de los grandes clásicos de la literatura decimonónica, era enemiga acérrima de cualquier best-seller de tres al cuarto contemporáneo; sí, hasta de las Crónicas vampíricas de Anne Rice, de las que confieso haberme leído, sólo y exclusivamente, Confesiones de un vampiro (sé que Ayrim me va a matar después de esto). Pero ya está, poco más. Para mí -y ésto es algo que lo sigo pensando- los vampiros literarios modernos han distorsionado a mi vampiro byroniano, al que adoro, al que entregaría hasta la última gota de mi sangre, hasta tal punto de convertirlo en una figura irrisoria, más que aterradora... pero igual de subyugante. Y eso es, precisamente, lo que me ocurre, lo que nos ocurre, con Edward Cullen y con su familia. Otra vuelta de tuerca más al género, pero esta vez, desde una perspectiva insultantemente teen, que hacen irremisiblemente que cada día me avergüence de que con mis 24 años esté completamente enganchada a la saga creada por Stephenie Meyer; y lo que es peor aún, admitiendo incluso sus carencias literarias, más patentes aún a partir del segundo libro, que es un intento de seguir estrujando la teta... y que encima, produzca más y más leche, continuamente.


Meyer, darling, you're so clever, so intelligent; te has aprovechado de mí y de mi amor a los vampiros, para engordar tus arcas, y me avergüenzo por ello. Pero, ¿sabes qué? Lo admito... aunque no a los cuatro vientos, sólo desde la soledad y el anonimato que mis palabras escritas me permiten. ¿Y sabes qué más? Me declaro fan incondicional de tus obras, que seguiré adquiriendo tan pronto como salgan, como ya he hecho esta semana comprando el libro de relatos Noches de baile en el infierno, en el que tienes a bien concedernos un relato corto de corte vampírico.


¿Soy amante de la buena literatura? Por supuesto. ¿Son los grandes clásicos el pilar de mi vida como lectora e investigadora? Sin duda. Pero, ¡qué demonios! ¿Qué sería la vida sin una chispa de sana diversión y frívola lectura?


Catherine Heathcliff.


Lo que estoy escuchando: Full Moon, de The Ghosts (Twilight Original Soundtrack).

Which Tudor Queen Am I?

Me encanta este quiz que, por casualidad, he econtrado en esta dirección. Como acérrima seguidora de la dinastía Tudor que soy, he encontrado un test que me viene como anillo al dedo: saber qué reina Tudor hubiese sido. And these are the results:

You are: half Mary, Queen of Scots, and half Catherine of Aragon


In a time of conflict between Protestants and Catholics, both Mary and Catherine chose to remain loyal to the Roman Catholic church.



Mary, Queen of Scots, was first betrothed to the Dauphin of France, who died shortly after their marriage and his ascension to the throne. She returned to Scotland, where her mother had been regent for her, and assumed the throne. But her short reign was troubled: Catholics versus Protestants struggling for the throne, and a pretty messy love life: her second husband was murdered, and then she was kidnapped by and married the man widely blamed for the murder. Mary was a cousin of Queen Elizabeth I of England, and she was assumed by many to be next in line for the crown. Thus, she was a threat to Queen Elizabeth, who eventually had her executed. Mary's motto was "In My End Is My Beginning."



Catherine of Aragon was the daughter of Queen Isabella I of Spain and her husband and co-ruler, King Ferdinand. Promised in marriage to the heir to the Tudor throne, prince Arthur, she married Arthur's brother Henry after Arthur died. Her failure to have sons meant Henry looked elsewhere for a wife. He broke from the Church of Rome in order to end his marriage to Catherine, who continued her own devotion to Catholicism and passed that commitment on to her daughter, the future Queen Mary I ("Bloody Mary"). Her motto was "Humble and Loyal."



La verdad es que me encanta el resultado; bueno, los resultados. María de Escocia siempre me ha resultado digna de admiración, pues supo mantenerse fuerte y consecuente a sus ideales; además, su hijo se sentó en el trono de Inglaterra, lo que, para mí, la hace vencedora en la sombra. Poco tengo que decir sobre Catalina de Aragón, sólo que era más reina y más mujer que cualquiera que rodeaba a Enrique VIII en su infinito harén de mujeres; fue una auténtica señora, de los pies a la cabeza, y una auténtica reina, hija de grandiosos reyes, tía de emperador, amiga de los más grandes de Inglaterra, como Tomás Moro. Demasiado excelsa para una corte de botarates como era la de Enrique VIII.

Parece una soberana estupidez, pero estos tests hacen que una se deje llevar por esoñaciones infantiles de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Gracias al blog Los líos de la corte, que fue donde encontré el enlace para hacer el test. Un gran blog done los haya; Caroline hace un gran trabajo, haciendo lo que yo siempre he admirado: que la historia deba conocerse como eso, como una historia que tienen a bien contarte, y que la escuches con detalle, como el que oye un cuento... con la maravillosa salvedad de que nada fue ficticio.


Catherine Heathcliff.


Lo que estoy escuchando: Pathetic Fallacy, de Trevor Morris (The Tudors Original Soundtrack).


Hace un par de semanas, conseguí lo que hacía mucho tiempo llevaba esperando (musicalmente hablando, claro): la banda sonora de mi serie favorita, junto con Dexter, y que no es otra que Los Tudor. La verdad es que tanto tiempo esperándola... y no me decepcionó. Ya en posts anteriores en este blog recogí el hecho de que la música que acompaña a la cabecera de la serie es, sencillamente, fantástica, y la mezcla de los ritmos modernos con la música cortesana de la época es audaz y atrevida. El resultado es inmejorable.

Trevor Morris creó una partitura genial de principio a fin, con 25 piezas breves que retrotraen al oyente a la Inglaterra de los Tudor. Inspirándose en la música de Thomas Thallis y de las piezas que el propio Enrique VIII compuso (como la pieza Greensleeves, que, tradicionalmente, se le atribuye al monarca inglés), las 25 partes que componen la banda sonora de la serie son breves, pero concluyentes, y realmente evocadoras a la hora de reconstruir mentalmente las escenas a las que acompañaron. De entre todas ellas, destaco sobre todo, la que reza como A Historic Love, y que a continuación recojo como muestra. Obviamente, el nombre obedece a la pasión devoradora (y fugaz) que consumió a Enrique VIII por Ana Bolena, y que es el tema principal a tratar durante la primera temporada de la serie. El tema central de esta parte se repite, además, en la pieza final, Wolsey Commits Suicide - Finale; todos aquellos que hayan visto la serie en su totalidad, entenderán el por qué Trevor Morris repite el tema central del amor entre el monarca y Ana con el supuesto suicidio de Wolsey (algo discutible históricamente, la verdad)... y es que el ascenso de Ana Bolena equivale en proporción inversa al declive del cardenal.

Muy recomendable; es breve y concluyente, y no se hace pesada el oírla, todo lo contrario. Como un soplo de aire fresco, Trevor Morris ha sabido combinar lo mejor de la corte de los Tudor con los sonidos actuales. Es como si Thomas Wyatt y Thomas Thallis le hubiesen acompañado durante la composición de la partitura, y le hubiesen revelado lo que ellos presenciaron durante su estancia en la corte de Enrique... y Morris sólo nos lo pudiera revelar como mejor sabe hacerlo: con su música.

Catherine Heathcliff.




¿Sólo a mí me recuerda a la pieza Promentory, de las mejores que se incluyen en la banda sonora de The Last of the Mohicans, compuesta por Trevor Jones y Randy Edelman, y galardonada con un Oscar?

1 Million

Me chifla, me encanta, me alucina, me subyuga, me enloquece. Este anuncio es absolutamente mi favorito de todos los que pululan por la televisión. Me parece lo mejor y lo más elegante que se ha hecho en muchísimo tiempo.

Dada la proximidad de las fiestas que, por desgracia, nos van a acompañar durante todo el mes de diciembre y parte de enero de manera inminente, la televisión tiene a bien ofrecernos anuncios de colonias y perfumes varios a porrillos. Siempre he odiado los anuncios de colonias, porque me parecen absurdos y sin sentido; además, utilizan el sempiterno cliché del sexo como reclamo publicitario, y eso es algo que he aborrecido desde tiempos inmemoriales. Pero con este no me pasa.

Ya lo sé. La mayoría de la gente que lea esta entrada pensará que me tiene enamorada este anuncio, no por él en sí mismo, sino por ÉL, es decir, el chaval que aparece el anuncio; vamos, lo que viene siendo el modelo beneficiario de que el emporio de Paco Rabanne se fijara en él. Pues lo siento mucho, pero va a ser que no; aunque corro el riesgo de que poca gente me crea, cosa que me trae sin cuidado, la verdad, nunca me han gustado los modelos a priori, porque ya me gustaría a mí verles recién levantados y sin la capa de chapa, pintura y demás parafernalia que les rodean. El angelito en cuestión se llama Mat Gordon, y es canadiense; añado esta información para demostrar que me he molestado en saber la identidad del caballero, y que cuando veo el anuncio no me limito a contemplarlo como un cacho de carne con ojos. Pero vamos, que si a mí me gustara el anuncio sólo por el protagonista en cuestión, pues digo yo que tampoco tendría nada de malo; pero lo siento, no es el caso.

Mi desmedido interés por el anuncio va más allá. Para empezar, me gusta el estilo y la calidad del mismo; creo que es una pequeña joya visual, y que da realmente pena el hecho de que sólo dure 32 escasos segundos. La idea es simplemente genial: un chico insultantemente atractivo, lleno de rebosante juventud y ambición, que con sólo chasquear sus dedos tiene el mundo a sus pies. Ya quisiéramos muchos. Sin embargo, supongo que todos al verlo irremediablemente pensamos en la futilidad de este pensamiento, y de manera inevitable concebimos el mensaje inicial del anuncio con nuestros prejuicios preestablecidos. Pero, seamos francos: ¿contemplamos realmente el mensaje con prejuicio y rechazo ante la superficialidad del personaje, o realmente, en nuestro fuero interno, codiciamos una visión de nuestra propia existencia basada en la misma superficialidad que rodea el devenir del modelo en el spot? Dejo la pregunta abierta, pero me temo que la respuesta es lo suficientemente obvia.

Como mujer que soy, no puedo dejar de mencionar la parte final del anuncio, en la que los tres últimos chasquidos del rey Midas consiguen: 1. Una despampanante rubia; 2. Que la rubia caiga a los pies del caballerete... y que se le caiga a ella el vestido, de paso; 3. Luces apagadas, "preludio de que algo emocionante va a pasar". Traducción: una chica como objeto, un premio, un capricho más que el afortunado chasqueador consigue. La verdad es que no puedo ofrecer otra visión a este hecho; pero, ¿sabéis qué? Que yo, como mujer, no me siento ofendida. ¿Y por qué digo esto? Pues por los/las feministas que, estoy segura, supuran odio cuando ven el anuncio. Que hay que ver más allá, señores, que no se puede concebir el mundo como un espacio cuadriculado en el que 2+2 son 4. Es cierto que este anuncio es de perfume, y va a recurrir al sexo sí o sí, y era de esperar. Pero es eso, un anuncio, nada más, algo trivial, y la realidad es bien distinta; dudo mucho que las mujeres de a pie, las que luchamos día a día en nuestros trabajos y en nuestras vidas, seamos conquistadas por un simple chasquear de dedos y la superficialidad del lujo y el oropel. Yo, por lo menos, no.

Catherine Heathcliff.

Lo que estoy escuchando: Do It Again, de The Chemical Brothers. Sí, es la canción que suena en el anuncio; el título le viene que ni pintado.

Entradas más recientes Entradas antiguas Inicio