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...Happy birthday to me...

"Happy birthday", sang Topo Gigio...



Catherine Heathcliff.




A los 25 años


A los 25 años, trabajaba de profesora de inglés de 1º de secundaria en un colegio concertado de Sevilla. A los 25 años, me hicieron tutora de 33 niños de 1º ESO. Ampliación de contrato, una ligera subida de sueldo, que contemplé como agua de mayo. Henchida de orgullo, siempre lo he considerado un ascenso, porque aunque supone muchísimo más trabajo y muchísima más responsabilidad, lo disfruto cada día como si fuera el primero. Repetería como tutora este año y muchos más.

A los 25 años, vivía en una de las ciudades más hermosas de la tierra: Sevilla. Pasé de un piso ruinoso a otro reformado de principio a fin, y en una situación privilegiada de mi barrio: desde mi ventana del salón, veo el patio de mi colegio, y oigo la sirena y el timbre que nuestro bedel toca al principio y al final de cada clase; justo en frente, tengo la sucursal bancaria para pagar el alquiler y facturas varias, con lo que me puedo permitir el lujo de bajar en pantuflas de las Super Nenas y pijama de Hello Kitty para pagar el alquiler, si quiero; mi peluquero, José, tiene su establecimiento al cruzar la calle, y justo delante, tengo una parada de autobús para ir al centro. Y lo mejor de todo: una de mis mejores amigas vive en el portal de al lado... ¡la de tardes de café que hemos tenido en mi piso!

A los 25 años, me enamoré de medio a medio. Y me dio tiempo también a construir castillos en el aire, para después derrumbarlos muy gustosa ladrillo a ladrillo, poco a poco, con paciencia y deleite cargado de desilusión y hastío. Hoy día, donde antes había un enorme castillo con vistas al mar, queda sólo un solar y un recuerdo perdido en mi memoria.

A los 25 años, te conocí a ti, mi querido amigo Fran (mi Francisco). Me incomoda, me molesta, me entristece, me agobia, me aterra increíblemente imaginarme la vida sin ti. Por favor, conspira siempre conmigo para que eso jamás ocurra, para que siempre seas mi amigo...

A los 25 años, conocí a gente maravillosa, y a gente que no lo fue tanto. Sin embargo, me quedo, sin duda, con las personas que, hoy por hoy, pueblan mi corazón. Ya no me importa dar nombres en mi blog, porque esos nombres forman parte de Catherine Heathcliff: Ana, Carmen, Concha, Elena, Luis, Sabrina... parece increible albergar tanto cariño por personas que hace tan poquito que se conoce... Y a los 25 años, tuve la inmensa suerte de seguir contando con mis dos grandes amigas aquí en Sevilla, las que me abrieron las puertas de su casa, de su familia y de su amistad, cuando sólo me conocían de nuestras mañanas en el colegio; gracias, Mª Carmen y Patri.

A los 25 años, Mariola, Pilar (¡mis peluchitos!), María, Tere, Chema, Juani, Javi, Carmen y Paco me siguieron regalando su cariño incondicional. Y volví a cruzar mi camino con Guada y con Ayrim; tiempo atrás, pequeños malentendidos sin sentido provocaron que caminásemos en direcciones opuestas. Me alegra saber que os tengo de nuevo ahí... no nos perdamos de nuevo, ¿de acuerdo?

A los 25 años, vi cómo a mi padre le diagnosticaban un cáncer. Creí que era imposible, pero a la vida le gusta jugar al boxeo y golpea con frecuencia dolorosos uppercuts. A los 25 años, fui testigo de que mi padre sufriera un tromboembolismo pulmonar y casi, casi, casi se nos va. A los 25 años y tras seis meses de sufrimiento, puedo decir que mi padre ha vuelto a nacer. Y mi madre y yo también. A los 25 años, puedo decir con la boca llena que mis padres, los dos, siguen a mi lado. Y por muchos años, porque me hacen mucha falta.

A los 25 años, he estado más enferma que en toda mi vida. Amigdalitis infecciosa. 20 días arrastrando dolores de huesos, dolor de garganta... la ingesta de comida y bebida era trabajo para Ethan Hunt, no para mí, a diario. Firmo ahora mismo si eso significa que será lo más enferma que estaré en mi vida.

A los 25 años, la lectura de mi Trabajo de Investigación es inminente. Y ardo en deseos de que así sea, y por fin decir que hay capítulos de un libro abierto que se van cerrando poco a poco.

Mañana cumplo 26 años. Y abandonar el cuarto de siglo me entristece terriblemente, pero tengo la inmensa suerte de pensar que lo vivido no ha sido tan malo. Ojalá que los próximos 365 días sean la mitad de buenos que estos y estén tan cargados de buenos momentos...

...porque a la larga, nos nutrimos de los buenos, como de la vitamina D del sol. Los malos, ¿para qué conservarlos? Se esconden en un lugar de la memoria, y allí permanecen, como malos sueños. Vista al frente, nunca mirar atrás.

Gracias a todos, gracias a todo. Mi corazón es vuestro.

Catherine Heathcliff.

Lo que estoy escuchando: Don't Look Back, de She & Him (Volume II).

Reencuentros




Yo puedo decir que, en todos los sentidos, no soy la misma de hace, no sé, ¿dos años? Me asusta saber que, ahora, en este momento, justo ahora, estoy bien. Me siento bien en todos los sentidos, tranquila, que no es poco. Y agradecida de que mi familia, ahora mismo, esté bien. Ahora sí, después de todo.

Y ahora, justo ahora, me ha hecho feliz reencontrarme contigo, Ayrim.

Después de todo, después de tantas cosas...

Catherine Heathcliff.

Lo que estoy escuchando: Into the West, de Annie Lennox (The Lord of the Rings: The Return of the King Soundtrack).


Entrada dedicada a ti, Adri. Te prometí que la escribiría. Gracias, una vez más, por el detalle de regalarme esta película.

Sinopsis: Oskar (Kare Hedebrant) es un niño tímido de 12 años. Acosado continuamente por sus compañeros de colegio, sueña en secreto con matarlos a todos. Eli (Lina Leandersson), una misteriosa niña de su edad, llega a su mismo edificio, convirtiéndose así en vecinos y en íntimos amigos. La llegada de Eli coincide con una serie de inexplicables muertes. Oskar sabe el secreto de Eli: es un vampiro. A pesar de esto, la amistad de ambos está por encima de todos los temores posibles.

Aquí, señoras y señores, tenemos un claro ejemplo que rompe la ecuación inalterable por todo el mundo sabida: historia de vampiros = Catherine Heathcliff "flipándolo en colores", si se me permite el giro coloquial. Pues no, lo siento, pero no. No es el caso. Aunque sé que me repito, Déjame entrar me parece una película tremendamente sobrevalorada. Para mí, no es más que otra historia de adolescentes típica (rechazo, marginados sociales, dos criaturas bastante retrotraídas que se encuentran, éxito asegurado en su íntima singularidad), disfrazada, eso sí, de cine de autor. Es que ya el hecho de que la película sea sueca ya hace que la miremos con ojillos de respeto. Porque, ¿cuántas pelis suecas cruzan las fronteras escandinavas al año? A ver, a ver... con los dedos de una mano, y si llega.

La historia de Oskar no es nueva. ¿Un marginado social en el contexto escolar? Por Dios, no hace falta ver una película, y hablo con conocimiento de causa, pues soy docente. ¿Deseos violentos? Todos los tenemos, y quien diga que no, falta a la verdad como un bellaco. Y la sensación de haber encontrado una media naranja espiritual, unidos por un punto en común que nos diferencia del resto... típico cliché romanticón. Porque vamos a ver, ¿qué narices pinta aquí el tema vampírico? Además de que me parece totalmente absurdo y metido con un calzador y una palanca, vaya vampiresa tenemos aquí con Eli. Hubo momentos, y no me importa confesarlo, en que a mí la niña en cuestión me erizaba los pelillos de la nuca, y creo que la culpa de eso la tuvo Oskar cuando le dijo: "hueles raro". Desde entonces, no pude evitar ver a Eli como una criatura bastante desagradable (que de hecho, ese era el propósito del director), e incluso parecía que en mi habitación, mientras proyectaba la película, olía a cementerio: a cadáver. ¡Qué gráfica soy! Lo sé. Pero hasta ese punto me pareció ilustrativo el comentario de Oskar y la caracterización bastante repulsiva de Eli. Y es que yo no culpo a la pobre niña, la verdad; culpo mi idea patológicamente preconcebida de que un vampiro es todo glamour. Demasiado Lord Ruthven, demasiada Carmilla, demasiado Lestat de Lioncourt. En cualquier caso, la chavalita me pareció lo más desagradable que he visto en mucho tiempo, y repito, sé que esa era la idea de la proyección: que queden claros los marginados sociales. Oh, Dios... ¡soy una snob! Churretes sanguinolientos y lametones al suelo aparte, creo que Déjame entrar no se puede ver padeciendo amigdalitis pultácea y con fiebre, como yo hice. Nonononono, definitivamente no.

De todos modos, no dejo de reconocer que la película tiene planos y escenas memorables. Mi favorita: cuando Oskar se lava los dientes con su madre. Grandiosa. Y otra cosa digna de mencionar de la proyección es el inhóspito paisaje; nieve por doquier, poca población, desolación absoluta: enajenaría a cualquiera.

Hollywood ya ha estrenado su particular versión, (Let Me In, 2010), de Matt Reeves. Seguro, seguro, seguro que habrá más sangre y más higadillos. Y yo supongo que la veré, por esa curiosidad mórbida que siempre puede más que mi voluntad.

Catherine Heathcliff.

Lo que estoy escuchando: Damned & Divine, de Tarja Turunen (My Winter Storm).

¿Cuándo sabemos que...?


¿Cuándo sabemos que estamos enamorados?

Adri me dijo el otro día que una amiga suya tenía la respuesta: cuando te despertabas por la mañana y él o ella era lo primero en lo que pensabas al abrir los ojos. Yo estoy de acuerdo, pero no creo que sea la única teoría. La mía, además, incluye otra condición: que tu mundo ya no sea tuyo, sino de dos; incapaz de pensar por ti mismo, ahora lo haces por dos, y todo eso ocurre sin que te des cuenta. Llegado el día, te paras a pensar que tu vida ya no te pertence, la has desdoblado. Y eres feliz por ello... aunque si el desenlace no es el esperado, cuesta toda esa doble vida entera volver a convertirla en una sola.

¿Cuándo sabemos un profesor que es bueno en su trabajo?

En un día de huelga general, el país entero se colapsa. Respétenme a mí, por favor, por ejercer mi derecho a ir a trabajar. El país se levanta trabajando, no parándolo. Obviando los candados puestos por los piquetes en las tres puertas de mi colegio, un profesor se da cuenta de que es bueno en lo que hace cuando de repente se percata de que el temor a la huelga no es por él mismo, sino por la seguridad y la integridad de los pequeños a los que da clase.

Porque yo hoy me he levantado con el temor de que a mis niños les pasara algo... y a la vez me he dado cuenta, una vez más, de lo que implica enamorarse, estar enamorado o haberlo estado alguna vez.

En ocasiones, los pensamientos se aferran a nosotros mucho más fuertes que esos candados. ¿Dónde está la llave maestra?

Catherine Heathcliff.
Lo que estoy escuchando: The Sounds of Silence, Simon & Garfunkel.

Marcel Proust pregunta


Tengo una compañera de trabajo que es un tesoro. Es la nueva profesora de francés y tuvo a bien enviarme un regalito: un cuestionario realizado en su tiempo por Marcel Proust. Y como me dijo ella, sería interesante responderlo... y en eso estamos, pues.

Mi muy estimado Marcel Proust, con su venia.

Comencemos:

Se recuerda a Marcel Proust por su trabajo como novelista (En busca del tiempo perdido) y su vida extravagante, pero también por la publicación de un cuestionario: un cuestionario destinado a descubrir la personalidad y el carácter de quienes respondían. Proust comenzó a utilizar este cuestionario en su domicilio, frecuentado constantemente por visitas mundanas, y poco a poco se convirtió en divertimiento y curiosidad en los salones literarios del París del siglo XIX. ¡Responde a tu vez al cuestionario!

1. ¿Cuál es mi virtud preferida? Inteligencia.

2. ¿Cuál es el principal rasgo de mi carácter? Altruismo.

3. ¿Cuál es la cualidad que aprecio en un hombre? Inteligencia. Soy un ajo: me repito.

4. ¿Cuál es la cualidad que aprecio en una mujer? Bondad.

5. ¿Cuál es mi principal defecto? Demasiado carácter.

6. ¿Cuál es mi principal cualidad? Constancia.

7. ¿Qué es lo que más aprecio en mis amigos? Su amistad.

8. ¿Cuál es mi pasatiempo favorito? Leer.

9. ¿Cuál es mi sueño de felicidad? Echar raíces en Sevilla.

10. ¿Cuál es mi mayor desgracia? No tener a mi lado a los que quiero, y lo que es peor, a muchos de ellos jamás podré volver a tenerlos a mi vera.

11. ¿Quién me gustaría ser? Soy Catherine Heathcliff y me gusta serlo.

12. ¿Cuál es el país donde me gustaría vivir? Dos: por orden de preferencia, España siempre. Reino Unido después.

13. ¿Mi color favorito? El azul.

14. ¿La flor que más me gusta? La rosa.

15. ¿El pájaro que prefiero? El gorrión.

16. ¿Mi libro favorito? Cumbres Borrascosas.

17. ¿Mis héores o heroinas de ficción? Heathcliff y Catherine.

18. ¿Mis compositores favoritos? ¿Compositores clásicos? Prokofiev y Beethoven. ¿Actuales? Matt Bellamy, Chris Martin, Mike Oldfield y Sting.

19. ¿Mis pintores favoritos? Gustav Klimt.

20. ¿Mis héores o heroinas en la vida real? Mi padre y mi madre.

21. ¿Mis héroes históricos? Emily Brontë.

22. ¿Mi plato y bebida favoritas? La comida de mi madre. Agua. Tan simple como eso.

23. ¿Lo que más detesto? La hipocresía y la ignorancia.

24. ¿Personaje histórico que más detesto? Robespierre.

25. ¿El hecho histórico que más detesto? Las guerras mundiales. Las dos... y pronto diré que las tres, tal y como va el mundo.

26. ¿El don de la naturaleza que me gustaría poseer? Volar. Muy típico, lo sé.

27. ¿Cómo me gustaría morir? O bien durmiendo plácidamente, o bien en medio el clímax del acto sexual.

28. ¿El estado actual de mi ánimo? Con ilusiones, con esperanzas...

29. ¿La falta que me inspira más indulgencia? La mordacidad.

30. ¿Mi lema? Ama.
Catherine Heathcliff.

Lo que estoy escuchando: Complainte de la butte, de Rufus Wainwright (Moulin Rouge Soundtrack).

¡¡¡¡¡Azúcar!!!!!


"Eres el azúcar personificado. Podrías matar a un diabético".

Eso es lo que Doctor Who dice de mí, y yo no sé si tomármelo como un cumplido o no.

Lo cierto es que, más que un cumplido, debe ser una biológica realidad, porque yo ahora mismo estoy intoxicada. Envenenada. Este fin de semana, en Sevilla, me picó un mosquito. O nueve, porque tengo nueve ronchas por todo el cuerpo, a cada cual más gorda. Se ve que tengo terrones de azúcar corriendo por mis venas, en lugar de glóbulos rojos.

La verdad es que lo he pasado muy mal, hasta que ayer se me ocurrió atiborrarme de leche sola y fría, sin azúcar. Dicen que es lo mejor para contrarrestar el veneno de algunas picaduras, PapáCatherine dixit. Ya estoy mejor, pero madre mía, lo que he padecido: picores abominables por todo el cuerpo, ronchas descomunales, sudor y calor, mucho calor, que no aliviaba con nada.

Si era una picadura de mosquito tigre... ¡podría tener el dengue africano! ¡Oh, Dios mío, oh, Dios mío!

Pero he sobrevivido. Y es que bicho malo con la sangre almibarada...
Catherine Heathcliff.
Lo que estoy escuchando: Funkier Than a Mosquito's Tweeter, de Nina Simone.

Centurion (2010), de Neil Marshall


Sinopsis: estamos en Bretaña, en el año 117 de nuestra era. Un grupo de soldados romanos pertenecientes a la legendaria Novena Legión lucha por salvar sus vidas después de que sus compañeros perezcan tras un fortuito e inesperado ataque de la guerrilla local. A pesar de la dureza de la Novena, las cosas no salieron como esperaban. Los supervivientes, liderados por Quinto Dias (Michale Fassbender) intentan encontrar a su general, rehén de los pictos, aunque también su misión consistirá en llegar a la frontera y salvar sus vidas, pues las hordas bárbaras, lideradas por la fiera y vengativa Étain (Olga Kurylenko), los persiguen sin descanso para darles muerte.

Yo tengo una duda que me carcome: ¿es necesario incluir tanta sangre, vísceras y miembros cercenados en una película pseudo-histórica? Épica, aventuras... ¿por qué tantas cabezas saltando de cuellos, tantos ojos espachurrados y piernas cortadas? Es que yo no lo entiendo ni lo entenderé nunca. Porque cuando una ve estas cosas se le atraganta todo en el cine, y eso que yo no comía palomitas, sino un simple chicle de sandía. Me pasé media película cerrando los ojos, y no es que me diese miedo, que no, sino que es francamente desagradable ser testigo de semejante festín gore. Hombre, por Dios.

Luego lo observas fríamente y dices: leñe, si la peli en sí no es tan mala. Y es verdad, no es mala, pero tampoco una obra maestra. Te entretiene y punto. Pero yo creo que la base para eso es el personaje de Étain, que se pasa la película persiguiendo a Quinto y a sus "secuaces" y a una le da el mismo nervio e inquietud que a los perseguidos, como si lo estuviera viviendo en sus carnes. Étain es con los romanos lo que yo con los mosquitos: romano que ve, romano que destripa, sólo que yo lo hago enchufando el Kill-Paff. Creo que, pasados unos años, sólo recordaré de Centurión la fotografía gris, oscura y lúgubre, así como los paisajes. Precioso todo. La verdad es que en ese sentido está muy bien filmada.

Y Michael Fassbender, alias Quinto Dias... ¡hay qué ver, qué hombre! ¡Qué porte, qué atractivo, qué elegancia! Si es que es mi Heathcliff perfecto (algún día escribiré una entrada que explique por qué digo eso). La verdad es que yo creo que este hombre es bastante buen actor si se lo propone, y aquí me da a mí que no se lo propuso con gran ardor. Yo siempre he dicho que me recuerda horrores a Christopher Plummer en sus tiempos mozos, y está claro que aquí se aferró mucho a la estela de Plummer: señoras y señores, sean testigos de una interpretación sobreactuada y forzada, en un vano intento de insuflar un aire de guerrero (y galán) de película antigua. Vean ustedes, me gusta mucho más la Kurylenko y su ausencia total de diálogo (su personaje está mudo, pobre Étain, sin lengua porque unos romanos muy malos decidieron que estaba más guapa así cuando era una niña y que estaba mejor sin padres, de ahí su odio visceral a todo lo que huela a Roma). Es que da auténtico miedo... yo no sé si esta mujer ganará un Oscar en su vida, pero a mí en esta película me gustó un montón, porque cuando mira con ese semblante hierático da verdadero pavor.

Por lo demás, psé, todo igual que siempre. Con Centurión no hemos de esperar nada nuevo del género: clichés, clichés y más clichés sobre el honor, la venganza, la deslealtad, la corrupción del Imperio. Esas cosas. ¿Estamos siendo testigos de un género agonizante, el del péplum? Tan sólo Gladiator (2000), de Ridley Scott, supuso la GRAN excepción...

Catherine Heathcliff.

Lo que estoy escuchando: Barbarian Horde, de Hans Zimmer (Gladiator Soundtrack).


Imagina la noche más fría de la historia. La nieve cae sobre la ciudad de Edimburgo. En lo alto de una colina nace el pequeño Jack, pero su corazón está dañado. Y por eso necesitará reemplazarlo por un reloj de madera, un corazón artificial del que dependerá su vida. Acompañemos a Jack en su aventura quijotesca desde las frías callejuelas escocesas hasta una radiante ciudad andaluza, en busca del amor. Pero, ¡cuidado!, Jack debe seguir unas reglas para sobrevivir:

Uno: NO TOQUES LAS AGUJAS.
Dos: DOMINA TU CÓLERA.
Tres: NO TE ENAMORES NUNCA.

LA MECÁNICA DEL CORAZÓN DEPENDE DE ELLO.

Deseemos suerte a Jack, y recuerda que, como en este cuento para niños grandes, todos hemos sufrido alguna vez por nuestro voluble corazón.


Hace unos cuantos días, le dije a mi querido doctor Who que sólo había dos cosas que me gustaban de Francia. Luego amplié a tres, porque había olvidado a Marion Cotillard. Ahora subo la puja: hay cuatro, hay cinco, hay seis. Mathias Malzieu es un artista de pies a cabeza, como los antiguos humanistas que lo hace todo bien. Dionysos es el grupo de música pop que él lidera, que hace música francamente buena... cantada en francés, evidentemente. Y La mecánica del corazón corre el serio peligro de convertirse en uno de los mejores libros que he leído en mi vida, y eso, tratándose de mí, lectora empedernida, ya es decir mucho.

En primero de carrera tuve una asginatura francamente inútil, llamada Teoría de la Literatura. Horrorosa. Y el profesor que tenía tampoco es que respondiera mucho a mis expectativas; más bien, iba día a día ganándose odiosos puntos gracias a su ironía proyectada sobre mí (y a su insistencia en llamarme Sara, cuando ese no es mi nombre, siguiendo el aplastante argumento de que tengo cara de llamarme Sara, según él). Lo único bueno que saqué de él fue que un día confesó en clase que siempre que iniciaba la lectura de un libro, lo hacía acompañado de un lápiz para subrayar frases o pasajes del escrito en cuestión. A mí eso me llamó mucho la atención porque yo también lo hacía, lo que pasa es que abandoné tan dulce conducta cuando él dijo que también iba lápiz en mano; se puede decir que identifiqué una cosa con la otra, así que cogí manía a eso de subrayar los libros por placer. Bueno, señor Mathias Malzieu: usted ha conseguido que vuelva a las buenas constumbres. La mecánica del corazón está lleno de mi irregular trazo subrayando a lápiz. Son tantas las frases que merecen la pena ser recordadas una y otra vez...

La mecánica del corazón es un cuento para adultos, pero un cuento delicioso, dolorosamente mágico. Evocando el niño que llevamos dentro (aunque dormido), el pequeño Jack toma de la mano al lector y lo sumerge en un mundo oscuro, lúgubre y despiadado en el que él bucea amparado en una incipiente fantasía inherente a su inocencia patológica. Jack experimenta todos los dolores y decepciones propios de la madurez progresiva, pero tras los ojos de un niño encerrado en un cuerpo biológicamente en crecimiento. Parejo a su inocencia, marcha el reloj de cuco de su corazón, un reloj de cuco ajado y más que sentenciado desde el comienzo de su vida, metáfora de la doloroza madurez a la que se ven sometidos de manera gradual nuestros corazones. Claramente autobiográfico, Malzieu abre su alma en cada página del libro, en compañía de Miss Acacia, alter-ego de su pareja real, la también cantante Olivia Ruiz. Confesiones, exámenes de conciencia y experiencias vitales agridulces se entretejen para crear una sinfonía perfectamente afinada.

En mi edición, reza una reseña a modo de publicidad: "En la estela del mejor Tim Burton. La mecánica del éxito está asegurada". Tim Burton... puede, nada me complacería más... pero yo leyendo el libro no he podido evitar sentir que era Jean-Pierre Jeunet el que dirigía mi proyección mental.

Es inevitable que sienta un puño que aprisiona mi estómago... sensación agridulce por haber terminado esta aventura. Ardo en deseos de continuar con el punto y seguido. La alargada sombra del amor, la continuación, es inminente, así que, querido little Jack, adelanta las agujas de tu reloj y haz que el tiempo corra más deprisa para continuar así leyéndote.

Título: La Mecánica del Corazón.
Título original: La Mécanique Du Coeur.
Autor: Mathias Malzieu.
Año de edición: 2009.
Editorial: Barcelona, Reservoir Books - Random House Mondadori.

Catherine Heathcliff.

Lo que estoy escuchando: Le Jour Le Plus Froid Du Monde, de Dionysos (La Mécanique Du Coeur).


Consejos de mayores (II)


Parece normal que todos los veranos me ocurra alguna anécdota con la gente mayor de mi Úbeda de mis amores. Si en julio del año pasado protestaban por mis intempestivas horas escogidas para salir a tomarme algo, este año parece que el objeto de sus cuitas obedece a la longitud de mis vestidos y faldas varias.

A mí no me gustan las faldas cortas, y por ende, tampoco los vestidos. No es por nada en especial, tampoco; no es porque reniegue de mis piernas, ni mucho menos (en realidad, no reniego de nada puesto en mi anatomía global; es lo que hay y punto). Supongo que en verano me gustan los vestidos largos, así como las faldas, de estilo ibicenco (aunque no estrictamente de color blanco, más bien todo lo contrario), por comodidad: son frescos y puedo sentarme como me de la real gana sin temor a dejar al descubierto según qué cosas. Conclusión: tengo montones de vestidos largos y tengo montones de faldas largas, de todos los colores, formas y estampados. Y lo que es mejor: me encanta ponérmelos.

El martes de la semana pasada tenía una reunión con tres de mis antiguas compañeras del instituto. Unas risas, unas cañas, recuerdos de viejos tiempos, ternura y sonrisas nostálgicas de los tiempos pasados. Elegí para la ocasión un vestido de tirantes beige estampado con pequeñas flores rosadas y rojizas. Era hasta los tobillos, y para evitar que me pudiese arrastrar, me calcé unas esparteñas de alta cuña atadas a media pierna. Era vaporoso, fresco, elegante y, sobre todo, muy cómodo. Caminaba yo con paso presto dirección a la Avenida de Linares, lugar de encuentro con mis tres compañeras, cuando pasé por delante de cuatro abuelillas sentadas en sillas de anea en mitad de la acera en la puerta de la casa de una de ellas. Tomando el ¿fresco? No se han perdido las viejas costumbres. Silencio absoluto, enmudecen, pues una joven con vestido largo pasa por delante (en realidad me tuve que bajar a la calzada porque la acera estaba taponada por ellas mismas). Siento cómo me contemplan, me escrutan, me estudian. Silencio total. De pronto, una exclama (no sé si plenamente consciente de que la iba a escuchar):

"Vaya tela... unas llevan unas faldas que se le ve 'to'l' culo, y esta lo lleva por los tobillos y casi se lo pisa. ¡No hay término medio! Unas tanto y otras tan poco, ¡ay, Dios!".

A diferencia del episodio del verano pasado, he de reconocer que a mí esta señora me molestó considerablemente y que mi civismo y educación (de los que está claro que ella carece), me impidieron volver sobre mis pasos y espetarle:

"Pues sí, señora, lleva usted razón, pero lo llevo tan largo para esconder un premio gordo. Es que todo tiene su utilidad y su propósito".

Pero evidentemente, eso no lo hice porque mis padres me educaron muy bien, así que como diría mi madre, el oráculo, la sabia entre las sabias: "el mejor desprecio es no hacerle aprecio".

Y es que no hay cosa que soporte más que la enfermiza tendencia de muchísimas personas a negarse a tener vida propia.
Catherine Heathcliff.

Lo que estoy escuchando: Here Comes the Hotstepper, de Ini Kamoze.

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