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Me aterra

Me aterran muchas cosas; demasiadas, diría yo.


Me aterran las pesadillas nocturnas, cuando hacen acto de presencia; de un tiempo a esta parte, tienen la desagradable tendencia a ser muy frecuentes.


Me aterra la oscuridad, no saber qué se esconde entre las sombras, y sobre todo, me sobrecoge la idea de hundirme en ellas sin remedio.


Me aterra la incertidumbre, no saber qué va a ocurrir, ser incapaz de discernir qué es lo que va a ser de mí.


Me aterra estar lejos de los míos, de los que quiero, de aquellos que deseo fervientemente que sean parte de mí; de mi vida...


Me aterra la soledad, abrir un día los ojos de par en par y encontrarme una luz radiantemente hermosa, cegadora... pero nadie con quien compartir ese éxtasis luminoso.


Me aterra no estar a la altura de las expectativas...


Me aterra entregar mi alma por completo, la idealización de mi sentimiento, mi enfermiza y patológica tendencia al romanticismo, mi miedo al sufrimiento.


Me aterra esta agradable sensación flotante que recorre cada poro de mi piel... no quiero que desaparezca, y deseo con todas mis fuerzas un final feliz.


Me aterran, sobre todo, los silencios.


Catherine Heathcliff.




Lo que estoy escuchando: Nights in White Satin, de The Moody Blues.

Valkiria (Valkyrie, 2008), de Bryan Singer


Madrugada del sábado al domingo. No puedo dormir. A decir verdad, llevo toda la noche sin dormir, tan sólo sumida en un extraño sopor que no logro hacer que desaparezca. Debía escribir la crítica de la película que vi en el cine el viernes por la tarde, Valkiria (Valkyria)... sí, eso haré, porque no me gusta perder el tiempo, ni siquiera por un insomnio involuntario, como es el caso.


Sinopsis: el coronel alemán Claus von Stauffenberg (Tom Cruise) interpreta a un oficial alemán que lideró un infructuoso y heroico intento de derrocar al régimen nazi y acabar con la guerra colocando una bomba en el búnker de Hitler en 1944. Gravemente herido en combate, con una mano, varios dedos y un ojo amputados, el Coronel Claus von Stauffenberg vuelve de África para unirse a la resistencia alemana, y ayuda a organizar la Operación Valkiria, el complejo plan para que un gobierno en la sombra reemplazara al de Hitler una vez que éste hubiera muerto. Una misión prácticamente suicida, pues el coronel no sólo debe liderar el golpe y reestructurar el gobierno de su país: también debe matar al propio Hitler.


Esta era una película que llevaba queriendo ver desde hacía tiempo. No en vano y pese a quien pese, Tom Cruise como actor me gusta bastante, y lo tengo en alta estima; prácticamente veo casi todo hecho por él de un tiempo a esta parte, y este film no iba a ser menos. Sin embargo, como suele pasar, son muchas las expectativas... y es que Valkiria me gustó, sí, pero no me entusiasmó, como sí esperaba. El propio viernes escuché de boca de otra persona que la película está bastante bien, y en efecto, es así, pero que se encuentra en cierto modo deslucida por el hecho de que el espectador ya conoce el final, y no puedo más que coincidir; es como si durante toda la proyección yo hubiese estado esperando a que el infeliz desenlace tuviera lugar, y prácticamente estuve más pendiente a la espera de ese momento que otra cosa, y a pesar de contar con dos horas de metraje, a ratos a mí me resultó tremendamente pesada.


He de reconocer, empero, que la película es impecable. Bryan Singer ha hecho muy bien su trabajo, definitivamente. Las interpretaciones son magníficas, con secundarios de la talla de Terence Stamp, Tom Wilkinson o Tom Hollander, pero sobre todo, destaco el brillante trabajo del británico David Bamber, el responsable de la delicada tarea de interpretar a Adolf Hitler en las escasas, pero intensas, escenas en las que el führer hacía acto de presencia. Su particular visión de Hitler me sobrecogió, todo hay que decirlo... es fría, con una maquiavélica y artificial calma, que parece preceder en todo momento a la tempestad... a mí me tenía prácticamente sobrecogida en mi butaca, y esperaba que en cualquier momento, esa gélida y calculadora tranquilidad se rompiera y diera paso a toda la crueldad que su propia frustrante insignificancia preludiaban.


Sin duda, es una película para reflexionar... no todos eran iguales. Había unos pocos que repudiaban el cruel gobierno del despiadado Hitler, y se opusieron a él fervientemente, aun a riesgo de perder sus propias vidas, como así fue... ¿mereció la pena el riesgo corrido y el fatal desenlace? Que cada uno opine lo que quiera; yo, por lo pronto, me gusta absorberme en el prometedor pensamiento de "¿qué hubiese pasado si...?"


Catherine Heathcliff.


Lo que estoy escuchando: La cabalgata de las Valkirias, de Richard Wagner.

Conflicto (The Struggle), de L. J. Smith


"No podía arriesgarse... Si ella, que amaba a Stefan, había estado dispuesta a huir gritando de su lado, ¿qué harían los demás? Y luego estaba el asesinato del señor Tanner. ¿Podrían creer en su inocencia? ¿O en lo más profundo de sus corazones sospecharían siempre de él?"


Crónicas vampíricas es la historia de dos hermanos vampiros y de la hermosa muchacha que debe elegir entre ellos.


Hace un par de días terminé la lectura del segundo volumen de las Crónicas Vampíricas de L. J. Smith: Conflicto (The Struggle). Una de las cosas que más odio en esta vida es tener que retractarme de algo que alguna vez he dicho con pleno convencimiento; no obstante, cuando la circunstancia se presenta, lo reconozco. Esta es una de ellas. Cuando escribí mi particular -y personal- visión sobre el primer volumen de esta saga afirmé que era entretenimiento puro y duro. Bien, es así, pero he de reconocer también que es una aproximación interesante al género de literatura vampírica, una acercamiento descarademente teen, como lo es la saga Crepúsculo, pero con una salvedad, que yo como lectora aprecio notablemente: los vampiros ideados por Smith están más próximos al clásico decimonónico que los creados por Meyer; estas criaturas, de los que Smith es la madre, tienen colmillos afilados que laceran la delicada piel del cuello de sus víctimas, la luz del sol les es perjudicial sin las debidas medidas preventivas, y las estacas de madera siguen siendo sus eternas enemigas. Es agradable, pues, apreciar que el clasicismo y la tradición vampírica se aúnan en esta saga que transurre en tiempos modernos, como una suerte de revitalización u otra vuelta de tuerca al género, un viento fresco que es de agradecer.


Una vez le comenté a Margot -que tiene un blog estupendo y muy completo sobre Crepúsculo- y a Caroline que el sentimiento de estar completamente enganchada a la lecutra me ocurrió especialmente con la saga de Meyer, y no con la de Smith... retiro lo dicho. Al comenzar la lectura de Conflicto caí sin remisión en las redes de Stefan y Damon -más de este último que del primero- y me confieso completamente enganchada. No sólo eso, sino que me reafirmo en el hecho de que esta saga está mucho mejor escrita, y el argumento es claro, directo y conciso, con una ausencia total de páginas innecesarias. Además, vuelvo a mencionar lo que ya dije con anterioridad, y es que esta saga parece más afín a un público de mayor edad, por lo menos, así es como yo la veo como lectora que ha leído el producto de Meyer y de Smith.


No obstante, las comparaciones son odiosas, y si bien encontré numerosas similitudes con el primer libro, no me ocurrió así con el segundo. Recomiendo, pues, que los que se aventuren a leer las dos sagas lo hagan con mentalidad abierta y sean capaces de apreciar cada una por separado, para después decidir.


Yo, definitivamente, ya he hecho mi particular elección...


Catherine Heathcliff.


Lo que estoy escuchando: Tremble for my Beloved, de Collective Soul (Twilight Original Soundtrack).

Despertar (The Awakening), de L. J. Smith


"'Es hora, Stefan'", pensó Elena. Y, con suma delicadeza, atrajo de nuevo la boca del muchacho hacia abajo, en esa ocasión hacia su garganta".


En la Italia renacentista, los hermanos Stefan y Damon Salvatore se enfrentaron por el amor de una joven. Siglos más tarde, volverán a hacerlo por Elena Gilbert, una de sus compañeras de instituto, que desconoce su verdadera identidad.


Por fin pude terminar de leer un libro que me tenía francamente intrigada: Despertar (The Awakening), de la autora estadounidense L. J. Smith. Primer volumen de la saga Crónicas Vampíricas -que nada tienen que ver con las de Anne Rice-, Despertar es la antesala de Conflicto (The Struggle), Furia (The Fury) y The Dark Reunion (Invocación), este último aún sin publicar en España, aunque es inminente; según la autora desde su propia página web, hay un quinto volumen, Damon, aún inédito en nuestro país. La verdad es que Despertar como lectura ligera para antes de dormir es estupendo, porque al igual que la saga de Meyer, este libro es puro entretenimiento sin más pretensiones, pero con dos diferencias: Smith no se anda con rodeos innecesarios -al contrario que Meyer-, va directa al meollo de la cuestión, lo que hace que se tenga la sensación de constante avance en la lectura; y, sobre todo, el estilo de Smith es muchísimo más rico que el de Meyer. Despertar está bastante mejor escrito que cualquiera de los libros de Crepúsculo, y pido disculpas de antemano, pero es una realidad. Puede gustar más o menos, ahí yo ya no entro, pero desde luego, en lo que a estilo se refiere, se ve a legua que Smith se preocupaba bastante más que Meyer.


He leído en varios sitios de internet que Meyer se inspiró directamente en las crónicas de Smith para idear su universo de vampiros Cullen en Forks. Francamente, languidecía de curiosidad ante semejante revelación; quería comprobar por mí misma que era así. Bueno, no sólo es así, sino que Crepúsculo es descaradamente parecido, pero con las justas y necesarias diferencias para que no sea igual. Bella Swan no es Elena Gilbert; esta última es increíblemente guapa y popular, pero ambas languidecen de amor por un chico incomprendido e irremediablemente irresistible: Edward Cullen y Stefan Salvatore, respectivamente, ambos, claro está, vampiros atormentados por su propia naturaleza y por el daño que pueden causar a sus amadas. Tanto Bella como Elena pertenecen a hogares desestructurados, la primera por divorcio y la segunda por repentina muerte de sus progenitores; por eso las dos sienten que su lugar está en otra parte, con otra clase de compañía... vampírica, claro. Pero bueno, sí que es cierto que echarían mucho de menos a sus amigas, Angela y Jessica en el caso de Bella, y Bonnie y Meredith en el de Elena. Y hay unos chicos -humanos, claro- que lamentarían muy mucho la elección vampírica de Bella y Elena: Mike, en el caso de la primera, y Matt, en lo que se refiere a Elena; ambos chicos sufren de amor despechado y rechazado por parte de las dos heroínas con una enfermiza tendencia y obstinación a todo lo vampírico. Pero, chicos, lo siento, así es la vida, y es que Mike, tú no estuviste ahí cuando a Bella la asaltaron un grupo de depredadores sexuales en Port Angeles, pero sí lo estuvo Edward, con su Volvo plateado, para rescatarla; y tú, Matt, tampoco estuviste cerca cuando Elena fue abordada por un peligrosamente desatado Tyler, (me acabo de dar cuenta -de acordarme, vamos- de que también hay un Tyler en Crepúsculo, el que casi mata a Bella en el primer libro, al ser incapaz de manejar su furgoneta en el hielo), pero sí Stefan, que no sólo rescató a la joven, sino que la metió con cuidado y caballerosidad en su flamante coche -que, por cierto, no sé cual es... creo que era un descapotable, o así me lo imagino yo, al menos-. Y bueno, Bella causa estragos en Jacob Black, hasta el punto de que la rivalidad creada entre Edward y Jacob por la joven amenaza con desmoronar ambas relaciones; Elena es el punto de discordia entre Stefan y su hermano Damon, que no es licántropo, sólo faltaría, pero sí que es un vampiro muchísimo más fuerte, más poderoso, y sobre todo, con más malicia que Stefan y con una ausencia total de escrúpulos. Porque, claro, Stefan es un vampiro "vegetariano", es decir, sólo se alimenta de animales -anda, mira, como Edward Cullen... qué curioso, oye- pero Damon es un vampiro, y de los malos, malísimos, de los que se alimentan sólo y exclusivamente de humanos, y además, se regodea en ello -anda, mira, como James en el primer volumen de la saga de Meyer-. Claro, la pobre Bella está hecha un lío: ¿Edward o Jacob? ¿Jacob o Edward? Y Elena no va a ser menos: ¿Stefan o Damon? ¿Damon o Stefan?


¿Coincidencias? Ni en sueños. Si dijera que la saga Crepúsculo es una copia de las Crónicas vampíricas de Smith mentiría, porque no lo es, pero es evidente que la inspiración es más que un hecho, y que sólo me he permitido la licencia de añadir los puntos en común que yo encuentro más significativos; estoy por asegurar que si ahondo más profundamente hallaría más datos en los que ambas historias convergen, pero creo que ya es suficiente, y que mi propósito al decidir escribir esta entrada está más que demostrado.


La saga de Smith se publicó en la década de los noventa. Meyer publicó el primer volumen de Crepúsculo en 2005. Las fechas hablan por sí solas. Yo, por lo pronto, si me dan a elegir, Smith sería mi particular decisión, sin duda. Hay muchísima más madurez en lo que ella escribe, y presumo que puede resultar bastante más afín a un público de mayor edad que el universo ideado por Meyer.


Pero, a fin de cuentas, no es más que mi humilde opinión.


Catherine Heathcliff.


Lo que estoy escuchando: Eyes on Fire, de Blue Foundation (Twilight Original Soundtrack).


Me estoy haciendo vieja.


Mi librero de confianza, J., me encargó Noches de baile en el infierno (Prom Nights from Hell) cuando fui a comprar los cuatro libros de la saga Crepúsculo. Todo fue un poco casualidad, porque yo le pregunté sobre la posible publicación en español de La huésped (The Host), otra novela de Stephenie Meyer.


J: Lo siento, Catherine, tendrás que esperar; todavía no se ha publicado en España... pero, oye, mira, aquí me sale en el ordenador otro libro de Meyer.

Catherine Heathcliff: ¿Qué? ¿Otro libro de Meyer?

J: Sí, sí... Noches de baile en el infierno, de la editorial Alfaguara. Mira, mira, sale que la autora es Meyer.

(J. me enseña la pantalla del ordenador; efectivamente, en la base de datos de búsqueda figura dicho libro, y al lado, junto al casillero "autor", pone en letras mayúsculas "MEYER". Ahí, bien grandes, que se vea el marketing, sí, señor).

Catherine Heathcliff: Pues hijo, me pillas fuera de órbita; no tenía ni idea... ¿pero estás seguro que es una novela?

J.: Sí, sí, eso dice aquí.

Catherine Heathcliff: Bueno, hijo, pues encárgamela, por favor; ya puestos, vamos a terminar de pagarle el Ferrari a la Meyer, ¿no?

J: (sonriendo por la gracia sin gracia que le hice; era evidente por lo que sonreía) Venga, entonces te lo pido. Te llamo en cuanto lo reciba, ¿vale?

Catherine Heathcliff: Vale, vale; venga, hasta luego, J., y gracias.

J.: Adiós, Catherine.


Me estoy haciendo vieja.


Al cabo de una semanita o así, tuve en mis manos la caprichosa "novela". Bueno, eso y los dos primeros volúmenes en edición de bolsillo de la trilogía de mi amado, idolatrado y venerado Dexter Morgan, mi asesino en serie preferido, el perfecto personaje ideado por Jeff Lindsay. Cuando llegué a mi casa, me di cuenta de que yo estaba en lo cierto, porque en realidad, el libro en cuestión, el ejemplar de la discordia, era una colección de historias cortas -5 en concreto- escritas por las autoras de best-sellers más importantes de la actualidad, personalidades tan conocidísimas como Meg Cabot, Kim Harrison, Michelle Jaffe, Lauren Myracle y, como no, Stephenie Meyer. Pues lo siento en el alma, queridos míos, pero yo no tenía -ni tengo- ni la más remota idea de quiénes son las susodichas en cuestión -salvo el caso de Meyer, por supuesto-. Mira que yo leo, ¿eh? Mira que estoy metida de lleno en el mundo de la literatura, pero es que estas señoras... que me perdone el Cielo, pero sigo sin saber, aún habiéndome terminado el libro, quienes son. Claro, pero también digo una cosa, que tampoco me interesa conocerlas, porque la verdad, vaya estupidez de libro, absurdo e insulso en todos los sentidos; ninguna de las cinco historias se sostiene, y la de Meyer no es ninguna excepción.


Me estoy haciendo vieja.


Cinco aterradores y sorprendentes relatos, reza en la cubierta del libro... me han timado.


La única historia que medio se puede mirar de otro modo menos drástico es la que se titula El ramillete (The Corsage), de Lauren Myracle, y ni siquiera, porque no es original; ella advierte que se inspiró en La pata de mono (The Monkey's Paw), de W. W. Jacobs. Ese sí que es un relato de terror con todas las de la ley; lo leí cuando tenía 14 años y me puso los pelos de punta.


¿Relatos de terror espeluznantes? Todos los de Edgar Allan Poe.


Me estoy haciendo vieja.


Lo peor de todo es que sé que el problema no es del libro del que estoy hablando, ni de las autoras, ni de las historias cortas. El problema principal es...


...que me estoy haciendo vieja...


...para perder mi tiempo leyendo estas cosas.


Catherine Heathcliff.


Lo que estoy escuchando: Supermassive Black Hole, de Muse (Black Holes & Revelations).

"No tengas miedo", le susurré.

"Somos como una sola persona".

De pronto me abrumó la realidad de mis palabras.

Ese momento era tan perfecto, tan auténtico. No dejaba lugar a dudas.

Me rodeó con los brazos, me estrechó contra él y hasta la última de mis terminaciones nerviosas cobró vida propia. "Para siempre", concluyó.


Hace casi dos semanas terminé la lectura del, en principio, último libro de la tetralogía Crepúsculo. El motivo por el que he tardado "tanto" en escribir la reseña en mi blog obedecía, principalmente, a un sólo motivo, a un sólo sentimiento: la decepción. Muchas personas me habían advertido de que, con toda seguridad, pondría con ese mal sabor de boca punto y final a la historia de los Cullen y Bella Swan. Claro, una escucha y asimila, pero hasta que no lo comprueba por sí misma no se atreve a emitir juicios de valor.

Pero es que es ese el sentimiento, por completo; decepción.

A decir verdad, era de esperar. Conforme iba adentrándome en la nebulosa atmósfera de Forks, embrujada por el efecto subyugante de la imponente presencia de los Cullen, el ritmo argumental iba decreciendo. Poco a poco, lo que era entretenimiento puro y duro se fue transformando en hastío, y quedaba más que evidente el hecho de que Meyer, a partir de Luna Nueva (New Moon), no hizo sino seguir engrosando sus arcas, aprovechando el inagotable río de dólares que el primer libro, Crepúsculo (Twilight), comenzó a reportarle.

Amanecer (Breaking Dawn) es, sin exagerar, de lo más paupérrimo que he leído en mis 24 años de vida; teniendo en cuenta que mi pasión es la literatura y leer sin parar, eso ya es decir mucho. Tan sólo puedo rescatar del pozo de la mediocridad más absoluta las primeras 150 páginas. Ese invento de Meyer de contar la historia bajo dos puntos de vista tan dispares me pareció de lo más insulso que se ha escrito. No sólo eso, sino que la inclusión de nuevos personajes, metidos con calzador y forzando el argumento hasta límites rayanos en lo absurdo, convierten a Amanecer y sus ochocientas y pico páginas en una gran decepción para los seguidores de la saga.

Haciendo balance, no puedo evitar pensar que Stephenie Meyer debía haberse quedado en Crepúsculo. Desde luego, el sentimiento de desear a todas horas pasar páginas una y otra vez, con avidez, para ver qué nueva aventura se escondía en cada frase, sólo me ocurrió con Crepúsculo, el primero de todos. Los demás, calidad ínfima; como mucho, Eclipse se salva un poco de mi quema inquisitorial particular.

No sé cómo será Sol de medianoche (Midnight Sun), el nuevo invento de Meyer y sus agentes para seguir timándonos. Meyer ha dicho que ha dejado en stand-by la producción de este quinto libro porque su estado anímico iba a provocar que acabase con todos los Cullen -bueno, su depresión y el hecho de que se filtraran por internet de manera ilegal los doce primeros capítulos-. Visto lo visto y a la luz de la ínfima calidad de Amanecer, no sé yo si por el bien de todos debería acabar de una vez por todas con los Cullen.

A pesar de los pesares, lo más triste de todo es que, tanto si la saga termina con Sol de medianoche como si no, yo formaré parte de los millones de lectores que engrosan las rebosantes arcas de esa ama de casa mormona, madre de tres hijos, que encontró un filón inagotable en un prototipo de vampiro totalmente irreal.

Catherine Heathcliff.


Lo que estoy escuchando: Flightless Bird, American Mouth, de Iron & Wine (Twilight Original Soundtrack).


Por fin me decidí a ver El último Mohicano (The Last of the Mohicans, 1992). Me ocurría con esta película como con Amélie (2001), de Jean-Pierre Jeunet, que no tenía excesivo interés en verla, y por eso no había puesto todos mis esfuerzos en ello. Ah, sí, hoy echan El último Mohicano... buah, bueno, ya la veré en otra ocasión. Y así los años pasaban y no me decidía, y de hecho, la tenía -y la tengo- en el semi extinto formato de VHS. Claro está, dado mi reciente admiración hacia todo lo que tenga que ver con Daniel Day-Lewis era evidente que en este momento de mi vida acabaría por sucumbir, y así lo hice la pasada semana. Al final caí, como con Amélie; la diferencia es que ésta me encantó, pero El último Mohicano no.


Sinopsis: los ejércitos ingleses libran encarnizadas luchas en tierras norteamericanas, a punto de constituirse en país independiente. Las fuerzas británicas reclutan sin cesar a gentes del lugar, tanto nativos como granjeros asentados en esas tierras, con el objetivo de formar una milicia capaz de enfrentarse al, aparentemente, irrefrenable ejército francés e indio que se aproxima por el sur. Nathaniel "Hawkeye" (Ojo de Halcón, interpretado por Daniel Day-Lewis) es un blanco adoptado siendo poco más que un niño por los indios mohicanos, y vive junto a su padre (Russell Means) y su hermano Uncas (Eric Schweig). Los tres miembros de la familia, tras rescatar de una emboscada de los despiadados indios hurones a Cora Munro (Madeleine Stowe) y a su frágil hermana pequeña Alice (Jodhi May), hijas del Coronel Munro (Maurice Roëves), un oficial británico, deciden acompañarlas al fuerte inglés William Henry, donde su padre las espera, un fuerte que está siendo acechado sin descanso por franceses y hurones. Allí obligan a Nathaniel y a su familia a quedarse junto a un grupo de británicos que acaban de llegar de las colonias, pero el fin de la resistencia británica en ese fuerte está próximo, y con él, la vida del general. Magua, el líder de los hurones, guarda secreto odio y sed de venganza por el coronel Munro y sus hijas, y hará todo lo posible por aniquilarlos.


He leído numerosas críticas por internet sobre esta película. Bastantes, en realidad; y todas ellas le dan una calificación entre 7 y 8. Lo siento mucho, comunidad de internet, pero discrepo con todos. La película no me gustó mucho, la verdad; es más, me pareció tremendamente aburridísima, y mira que a mí el género épico y de aventuras me encanta, y más si la película está basada en un clásico de la literatura, como es el caso de esta, nacida del ideado por el gran escritor norteamericano James Fenimore Cooper. Pero no me ocurre así con esta película. No puedo dar un motivo en realidad; es que, simplemente, no me gustó. Tampoco tengo criterio suficiente como para decir que es una película mala. No puedo decir eso porque no lo es. Pero que no, que no, que no me gustó. Parece que estoy confesando un pecado, y en realidad, lo es: no me gusta una película de Daniel Day-Lewis, y eso sí que es un gran pecado. Pero, ¡qué le vamos a hacer!


Sí que destaco las interpretaciones. Todas son sobresalientes, y la que más me gustó -dejando un lado a Day-Lewis, que me va a gustar haga lo que haga, incluso aquí, que se pasa media película corriendo- fue la de Eric Shweig, que interpreta a Uncas, junto con la de Jodhi May, es decir, Alice Munro. La escena final pone los pelos de punta, todo hay que decirlo, y Shweig y May se llevan todo el protagonismo, merecidísimo, además. La que sí que no me gustó ni a la de tres fue Madeleine Stowe, que de siempre me ha parecido una actriz pésima, y ahora no iba a ser menos. La fotografía es estupenda, con unos paisajes fantásticos, y la banda sonora... bueno, qué voy a decir de la banda sonora que no se haya dicho ya. Es muy buena, y así lo prueba su Óscar, pero bajo mi punto de vista, me da la sensación de que está un poco endiosada; es muy buena, sí, pero no es una obra maestra, bajo mi modesto punto de vista. ¿Bandas sonoras épicas que sí son obras maestras? La trilogía de Howard Shore para El Señor de los Anillos; grande, grandísima.


En fin, que pido disculpas a todo el mundo que lea esta entrada y que sí le guste el film de Michael Mann -lo siento, Ayrim-. A mí, desde luego, no; bostezaba sin cesar, dicho sea de paso, y la única vez que desperté fue cuando oí lo siguiente:


"Tú eres fuerte, ¡sobrevive! Pase lo que pase, mantente con vida; iré a buscarte. Por mucho que me cueste, por muy lejos que estés... te encontraré!"


En esa escena, pensé de manera irremediable: "Jolín, quién fuera Madeleine Stowe..."


Catherine Heathcliff.


Lo que estoy escuchando: I Will Find You, de Clannad (The Last of the Mohicans Original Soundtrack).

Hace ya unos cuantos días tuve la arriesgada idea de comprarme una película en dvd que no había visto. No es que eso sea arriesgado de por sí, más que nada, porque lo hago continuamente; digo que es peliagudo porque esa película era Pozos de ambición (There Will Be Blood, 2007), un film que llevaba queriéndolo ver desde hacía mucho tiempo por un simple y único motivo: Daniel Day-Lewis. Me propuse desde hace ya unos cuantos meses tener toda su filmografía -no en vano, es mi actor favorito por excelencia- y no es una labor difícil, sobre todo por el hecho de que se prodiga bastante poco; esto puede resultar chocante, claro, más que nada porque hay películas de este actor angloirlandés que no son santo de mi devoción -como puede ser el caso, por ejemplo, de Gangs of New York (2002), de Martin Scorsese- pero aún así, no descansaré hasta que poco a poco, sin prisas, estén todas ordenadas en mi estantería del salón. De momento, llevo seis; no va mal la cosa. Así pues, Pozos de ambición, que le reportó su segundo Óscar, era de obligada adquisición. En la parte trasera de la caja del dvd, reza: "una obra maestra contemporánea". Arriesgadas palabras de un crítico bla, bla, bla de no sé qué publicación bla, bla, bla. ¿Obra maestra contemporánea? ¿Sería eso posible? Una sonrisa de escepticismo surcó mi rostro ante esas palabras. Pero tras verla no puedo más que esconder la cabeza bajo el ala: es una OBRA MAESTRA, con todas las letras.

Sinopsis: basada en la novela Petróleo (Oil!, 1927), de Upton Sinclair, la historia se desarrolla a finales del siglo XIX-principios del XX, en la frontera de California, y es un fiel y detallado relato de la vida de Daniel Plainview (Daniel Day-Lewis) y la época que le tocó vivir. Daniel sufre, a lo largo de la película, una metamorfosis: de un miserable minero, que malvive de pequeñas explotaciones, siempre en la eterna búsqueda del gran golpe petrolífero, y que, además, tiene que sacar adelante a un hijo en soledad, pasa a ser un poderoso magnate del petróleo. Cierto día a Plainview le llega un misterioso soplo: en una ciudad al oeste, Little Boston, existe un infinito mar de petróleo subterráneo que comienza a rezumar hacia el exterior. Lleno de ambición, se dirige hacia ese recóndito lugar con su hijo H. W. (Dillon Freasier) para probar suerte en ese polvoriento y semidesértico emplazamiento. En esta ciudad mísera, lugar de refugio del carismático y maquiavélico predicador Eli Sunday (Paul Dano), que pretende mover los hilos de su comunidad religiosa, seguidora de la doctrina Pentecosteliana, Plainview, H. W. y su pequeña sociedad familiar dan su gran golpe petrolífero. Pero ahora que la fortuna empieza a sonreírles, todo cambiará, como una suerte de profecía: surgen los conflictos y todos los valores humanos –amor, esperanza, comunidad, fe, ambición e, incluso, los lazos entre padre e hijo- se ponen a prueba, y son corrompidos por el oro negro que inagotablemente mana del subsuelo.

La película es fantástica en todos los sentidos. Para mí no es sólo la historia, sino el simbolismo que refleja cada escena: el fanatismo sectario de la América profunda, la desmedida y despiadada ambición de los magnates del petróleo, la ignorancia oscurantista del pueblo que sufre hambruna constante; todo se aúna en conjunto para crear una sinfonía de realistas y crueles excesos, aderezados por una música tremendista, chocante y caótica, compuesta por Jonny Greenwood, el complemento perfecto para las opresivas imágenes que proyecta la cámara de Paul Thomas Anderson. La fotografía es, sencillamente, perfecta, hasta el punto de que no llegaríamos a entender las complejidades de unos intrincados protagonistas sin las sempiternas imágenes del árido paisaje de Little Boston.

Las interpretaciones son magníficas, desde la primera hasta la última. Grandes como Kevin J. O'Connor, Ciarán Hinds y un genial Paul Dano -con un grandísimo futuro por delante; me recuerda muchísimo a Edward Norton en sus comienzos- acompañan a un Daniel Day-Lewis soberbio, como siempre. Lo confieso: soy incapaz de encontrarle ni un sólo defecto a Day-Lewis en esta película. Es que yo creo que si Daniel Day-Lewis no hubiera existido para interpretar a Plainview, habría que inventarlo; Day-Lewis es Plainview en todos los sentidos. Merecidísimo Óscar, una vez más. Con respecto a Dillon Freasier -H. W. en la película, el hijo de Plainview- Daniel Day-Lewis dijo una vez que era el mejor hijo ficticio que jamás había tenido, y no puedo más que darle la razón; se estableció un vínculo, una química entre ambos difícil de igualar. Incluyo, como muestra, una fotografía que, para mí, es absolutamente deliciosa; recoge a la perfección lo que quiero expresar con palabras:




A continuación, mi escena favorita. Para disfrutarla en pleno, los altavoces al máximo. Sencillamente, una obra maestra.





Catherine Heathcliff.
Lo que estoy escuchando: Knights of Cydonia, de Muse (Black Holes & Revelations).

Daniel, You Are Fantastic! Fantastic!

En breve se cumple un año de la noche en la que el mejor actor vivo de hoy día ganó su segundo óscar por Pozos de Ambición (There Will Be Blood, 2007), de Paul Thomas Anderson. Gran película, y completamente de acuerdo con todos aquellos que la catalogaron en su día como una obra maestra contemporánea.

Desde este, mi insignificante blog, quiero hacer un personal y humilde reconocimiento hacia este inconmensurable actor tan ecléctico como su nacinalidad británico-irlandesa: Daniel Day-Lewis. No sólo es grande en lo que hace, sino que además es poseedor de una de las cualidades más grandiosas que un ser humano podría desear: la humildad. En todos los vídeos que he visto -creedme, he visto muchísimos- siempre ha tenido palabras de agradecimiento hacia todos aquellos compañeros nominados junto a él y... derrotados por él. Es un caballero en todos los sentidos, con infinito talento y exquisita sobriedad, un Newland Archer continuo.

Ok, I agree with you all: I'm crazy when I state I'm fully in love with him; of course, for obvious reasons, you should just have a quick look at him to be aware of it. But beyond that, he is, for me, the perfectly intellectual gentleman, so intelligent and humble to admit that. Watching his brilliant and long-expected perfomances means getting into the complicated world of art in a really deep way.

Daniel, you are ART yourself.

Catherine Heathcliff.

Lo que estoy escuchando: Colors, de Amos Lee & Norah Jones (Amos Lee).


Cuando una dedica sus tardes de sábado a una de sus grandes pasiones, que es la de ir al cine, espera con velado, latente y callado deseo a que la película cumpla sus expectativas. Ayer tuve la gran suerte de dedicar mi tarde a mi gran afición, y además, disfrutarla sobremanera; vi Resistencia, y es, sinceramente, una gran película.


Sinopsis: En 1941, cuatro hermanos judíos, los Bielski, huyen a refugiarse en los bosques colindantes a su hogar, en Bielorrusia, pues su país ha sido invadido por los nazis y han masacrado a toda su familia. Escapando de una muerte segura, confían en la protección del bosque para sobrevivir, dispuestos a pelear con coraje si es necesario. Poco a poco, la leyenda en torno a su velada resistencia crece, y de manera gradual, cientos de hombres, mujeres y niños judíos se unen a los Bielski, en un intento desesperado de huir de una muerte segura, confiando su vida a unos humildes hermanos granjeros, que harán todo lo posible por protegerlos.


Basada en un hecho real, la historia de la Segunda Guerra Mundial está jalonada con grandes relatos de personas que de manera altruista salvaron a cientos de miles de judíos del exterminio nazi; esta película es una prueba más de ello. Los hermanos Tuvia, Zus, Asael y Aron Bielski existieron realmente, y algunos de los que salvaron todavía viven hoy día. Con la filmación de esta película se pretende revitalizar la figura de unos hombres que jamás pidieron reconocimiento alguno por lo que habían hecho; sencillamente, cuando la contienda acabó, y habiendo salvado a 1200 judíos de una muerte segura, siguieron con sus anónimas vidas, con dispar fortuna.


La película es francamente buena en todos los aspectos. Una fotografía magnífica, retratando a la perfección esa atmósfera opresiva y nebulosa de los bosques bielorrusos; una banda sonora excepcional, de la mano del siempre brillante James Newton Howard; una dirección sin tachas, a cargo de Edward Zwick. Es curioso, pero Zwicik, bajo mi punto de vista, es un director infravalorado. No entiendo muy bien por qué, porque para mí, su currículum es bastante digno: Leyendas de pasión (Legends of the Fall, 1995), que, a pesar de no ser santo de mi devoción, considero que es una película muy buena; El último Samurái (The Last Samurai, 2003), genial -y una de las películas favoritas de mi madre, por cierto; por eso le tengo tanto cariño-; y Diamante de Sangre (Blood Diamond, 2006), que es tristemente fantástica. Quizá lo acusan de ser demasiado grandilocuente, en el sentido de que en sus películas siempre hay un héroe atormentado, que a pesar de sus cuestionables métodos, parece encontrar el camino correcto dentro de la barbarie y tristeza que le rodea, para llegar a un controvertido clímax, cuyo maquiavélico motto principal sería: "El fin justifica los medios". Puede ser que ahí radique la polémica, pero, sinceramente, a mí los héroes de Zwick, ficticios o no, me inspiran siempre un respeto absoluto.


Las interpretaciones son sobresalientes, todas, sin excepción. Por supuesto, hablar de Daniel Craig, en el papel de Tuvia, y Liev Shreiber, en el de Zus, es una obviedad, pues son rostros de sobra conocidos por todos y somos del todo conscientes de la nota de calidad que impregnan siempre a sus trabajos. Craig, más allá de su papel como 007, dejó interpretaciones memorables en las que, para mí, son sus mejores trabajos hasta la fecha: Camino a la perdición (Road to Perdition, 2002), de Sam Mendes, y Sylvia (2003), de Christine Jeffs. Shreiber siempre será para mí el rostro de Orson Welles en el siglo XXI desde la película RKO 281, de Benjamin Ross. Mención aparte merece Jamie Bell, en el papel de Asael Bielski, ese jovencito inglés que calzaba zapatillas de ballet en Billy Elliot (2000), de Stephen Daldry, y que está ya a años luz de sus brincos y zapatetas; sin duda, para mí, un grandísimo actor, con una insultante juventud y un gran futuro por delante.


Sea como fuere, la grandeza, según mi criterio personal, radica en los temas que plantea. La radicalidad de los extremos -ni fascistas ni comunistas-; todos los extremos son ponzoñosos, y es una cuestión a tener en cuenta, pues la película no se posiciona. Muy al contrario, se mantiene neutral ante un tema peliagudo como éste. Ayrim me comentó cuando salimos del cine algo que yo rumiaba durante toda la proyección; sin habernos puesto de acuerdo, llegamos a la misma conclusión: la deshumanización del ser humano. Los judíos sufrieron un holocausto horrible, una barbarie difícil de describir con palabras, pero triste es también la escena de la película en la que éstos se ensañan con crueldad desmedida con un indefenso oficial alemán que, probablemente, sólo cumpliera órdenes. Al igual que ellos, también él era un padre de familia, y también tenía miedo. Todos los seres humanos tenemos miedo, todos sufrimos por igual y nuestra sangre es roja; alemanes, judíos, negros, indios, comunistas, fascistas... todos sangramos igual, y nuestro dolor es el mismo.


Pero, sobre todo, destaco el gran tema, para mí, de la película: la familia y el amor incondicional entre hermanos. Quizá lo veo así porque es algo que yo experimenté y que la vida me quitó, y estoy en un momento vital en que lo echo muchísimo de menos, demasiado. Ver a los Bielski me recordó episodios de mi existencia que tenía escondidos en mi memoria, pero que, por muchos años que pasen, estarán ahí, como una herida sin cicatrizar.


Antes de finalizar la entrada, me gustaría recordar a esos héroes callados, a todos los que salvaron a centenares de judíos y jamás tuvieron a un Spielberg que les hiciera una película como la de Oskar Shindler, sobre todo, al español Sanz Briz, apodado "el ángel de Budapest", pues salvó el mismo número de judíos que Shindler, pero multiplicado por cinco. Hollywood jamás le hará una película, pero ahí está su labor; mas allá del reconocimiento hollywoodiense, están las vidas que salvó. Mi más sincera admiración y respeto, pues gente como Sanz Briz y los Bielski son los que hacen que el ser humano sea eso precisamente: humano.


Catherine Heathcliff.


Lo que estoy escuchando: May It Be, de Enya (The Lord of the Rings: The Fellowship of the Ring Original Soundtrack).

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