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Etapas


Dicen que el respeto no se exige, se gana. Cuando oí esta frase, no pude por menos que recurrir a mi enfermiza tendencia de auto-aplicarme cualquier moralina que cruza mis oídos. A la luz de todo lo vivido estas dos últimas semanas, es evidente que es una gran verdad.


La cultura te la dan los libros, pero también la vida.


Es inevitable pensar que, quizás, parte de todo lo vivido lo podía haber evitado, si hubiese tenido más cultura vital.


O no...


...no lo sé, en realidad.


Tan sólo sé que la vida es un continuo devenir de etapas; se cierra una puerta, sí, pero otra se abre. Constantemente.


Y ya ha llegado mi momento. Las puertas están cerradas. Hasta ahora, han permanecido entreabiertas, pero ya no. Se acabó.


Sólo se volverán a abrir con la llave correcta.


Catherine Heathcliff.


Lo que estoy escuchando: Side, de Travis (The Invisible Band).

Un test


1. Trabajo más atípico en mi vida:


Pues... teniendo en cuenta que llevo trabajando desde una edad muy temprana y que casi siempre lo he hecho dando clases de inglés, francés y lengua española, yo diría que lo más raro ha sido ser azafata en dos congresos. Y digo raro o atípico por el hecho de aguantar a ciertos ponentes y sus exigencias y morderme la lengua... En esto me parezco un poco a Ayrim. Bueno, como en tantas otras cosas...


2. Cuatro cosas que me llevaría a una isla desierta:


- Un ejemplar de Cumbres Borrascosas.

- Un mp3, mp4 o iPod con toda la discografía de Coldplay.

- Mi dvd de Onegin. Obviamente, eso implicaría un reproductor portátil también...

- Daniel Day-Lewis. Vale, no es una cosa, es una persona, pero puestos a pedir...


3. Sobre quien te nominó:


Mi Ayrim... una gran persona con un corazón gigante. Es un cielo de chica, con la que se puede hablar prácticamente de casi todo, y digo casi porque no nos imagino charlando sobre biología molecular con un capuccino de por medio en el Oceánico. Estoy encantada de haberla conocido y de haber compartido tantísimas cosas con ella. Siento que todas esas cosas no son más que el principio de todo lo que nos queda por vivir juntas. A pesar de las vueltas que nos pueda dar la vida, ella siempre estará ahí para mí, igual que yo para ella. Te lo prometo. Gracias por tu amistad.


Nomino a:


- Margot, porque es ¡mi niña! y sé que si se pasa por aquí, hará el test con mil amores.
-
Caroline, porque estoy encantada de haberla conocido y poder leer sus líos de la corte.
-
Vimpela, porque sé que lo hará si me visita. Un beso, linda.


Catherine Heathcliff.


Lo que estoy escuchando: Just Dance, de Lady Gaga (The Fame).

Hoy




- Hoy tu mirada me resulta lánguida y triste.


- Son las lágrimas que derramo por ti.


- Hoy hueles distinta.


- Porque tú me ves distinta.


- Hoy no me siento bien a tu lado.


- Pregúntate a ti mismo si es sólo hoy, o lo ha sido siempre.


- Hoy ya no deseo que me protejas, ni tampoco que te preocupes por mí.


- Desde hoy mismo te prometo que jamás volveré a hacerlo, aunque arda en deseos de verte feliz, aunque mi felicidad dependa de verte sonreír, aunque mi paz sea escuchar el sonido de tu risa.


- Hoy quiero decirte que soy perfectamente capaz de cuidarme a mí mismo.


- Jamás lo he puesto en duda, y esa certeza me hace tremendamente feliz.


- Hoy me siento lejos de ti.


- Eso es algo de lo que siempre he sido consciente. Mi sincera devoción hacia ti me hacía ignorarlo por completo, aunque sabía que desde el principio hemos caminado por sendas distintas.


- Hoy no sé qué es lo que va pasar.


- Y, sin embargo, yo sí que lo sé. La certeza del dolor, del corazón roto.


- Hoy me planteo decir un hasta luego.


- …O quizás será mejor un adiós.



Lo que estoy escuchando: Cuando los sapos bailen flamenco, de Ella Baila Sola.


El curioso caso de Benjamin Button es la historia de un hombre con el reloj biológico al revés. Nació con setenta años, al casarse tendrá cincuenta, y cuando vuelva de la guerra tendrá ya treinta y su esposa lucirá canas. Así hasta llegar a la cuna, siendo un abuelo. Lo que está fuera de la normalidad no se ve, y así es como Benjamin vive su fantástica existencia: como un extraño para sí mismo.


Espoleado mi interés por la película y su rotundo éxito, no dudé en comprar El curioso caso de Benjamin Button (The Curious Case of Benjamin Button), el cuento en el que se inspira la reciente película de David Fincher. Mi edición venía acompañada, además, de otro relato corto de Fitzgerald, El diamante tan grande como el Ritz (The Diamong as Big as the Ritz), otro escrito corto del que hablaré más adelante en este mi blog.


A decir verdad, si alguien busca encontrarse con la versión escrita de la película de Fincher entre las páginas del breve relato de Fitzgerald, nada más lejos de la realidad. El film se basa (en el sentido estricto de la palabra) en la obra del escritor norteamericano, pero nada más. Las casi tres horas de proyección son, para mí, totalmente ajenas al argumento de la obra, que camina por otros derroteros. Así que siento decepcionar a los más acérrimos seguidores de las obras literarias y sus ulteriores adaptaciones cinematográficas; en este caso, la obra y la película caminan por sendas diferentes. Pero es quizá ahí donde yo como lectora encuentre el principal motivo por el que soy capaz de disfrutar ambas historias por igual. Tengo el defecto (o quizá la virtud) de leer una obra literaria antes de ver su adaptación al cine, y a veces, al revés, pero sí que es cierto que jamás lo hago esperando ver cumplidas mis expectativas en lo que a fidelidad se refiere; tengo muy claro que tanto la literatura como el cine, relación prolífica donde las haya, son expresiones de arte bien distintas y que se han de disfrutar ambas por separado. Una actitud ecléctica ante ambas es la mejor solución, a título personal.


Con El curioso caso de Benjamin Button me ocurre, precisamente, esto.


Disfruté con la película al máximo, pero también con el relato de Fitzgerald. El estilo de este autor es tremendamente ácido e irónico, muy crítico con la rancia aristocracia norteamericana de principios del siglo XX, especialmente, la sureña, sumergida en una sempiterna fiebre del oro y oponiéndose a dejarse embaucar por el progreso y refugiándose en su pasado esclavista que se resiste en obviar y abandonar. Fitzgerald es un autor fácil de leer en lo que a estilo se refiere, pero difícil de entender, a mi juicio, si no se conoce la figura del autor de El gran Gatsby (The Great Gatsby), su ajetreada vida y su natural inconformismo, común entre los demás miembros de lo que se denominó como "Generación perdida", a saber, John Dos Passos, Ernest Hemingway y William Faulkner.


F. Scott Fitzgerald dijo una vez sobre esta su obra:


"Me inspiró el cuento un comentario de Mark Twain: era una lástima que el mejor tramo de nuestra vida estuviera al principio y el peor al final".


Creo que habla por sí solo...


Catherine Heathcliff.


Lo que estoy escuchando: Amsterdam, de Coldplay (A Rush of Blood to the Head).


Nuevos horizontes


Son quizás las nuevas ilusiones las que mueven mi timón vital. Nuevos horizontes.


Planteamientos ajenos, distintos y distantes de todo lo estipulado. Nuevos horizontes.


Forzadas situaciones, alejadas de la espontaneidad que otorga el carpe diem, impostadas reacciones y comportamientos, lejos de la franqueza, cercanos a la hipocresía. Nuevos horizontes.


Decepciones nuevas, más dolorosas que las anteriores, jalonan mi existir, y de manera inesperada, hicieron acto de presencia por la puerta trasera. Provocaron una punzante y lacerante herida, que sangra sin parar día a día, a la espera de un esperanzador coagulante que pare el constante flujo carmesí que brota de mi violada piel. Nuevos horizontes.


Extrañas sensaciones que recorren mi maltrecho estómago, de un tiempo a esta parte demasiado acostumbrado a la desagradable sensación de las contracciones nerviosas. Nuevos horizontes.


Compañías que proyectan una sombra oscura en mi modesta luz blanquecina. Lucho cada día con velado y callado empeño por impedir un completo eclipse luminoso, y es tarea ardua, pero jamás cejo en mi empeño. Nuevos horizontes.


Presencias humildes, con cegadores resplandores en mi corazón, que late al compás de otro homónimo. Dulce y acelerado pálpito, que bombea cálidos flujos sanguíneos a mis antaño ateridos miembros. La vida retorna a mi cuerpo, y el anhelado abrazo es ahora deliciosamente bien recibido con sincero amor. Nuevos horizontes.


Encontrados sentimientos, opuestas reacciones, anhelados abrazos, deseados besos, necesarias confidencias... como a un recién nacido cuya piel desprende el embriagador y subyugante perfume de vida, todo me sabe a nuevo, todo tiene el encantador y suave tacto de lo desconocido. Deliciosamente tentador, me dejo guiar, temerosa, vacilante a veces, por los nuevos horizontes.


Catherine Heathcliff.


Lo que estoy escuchando: Soy tu aire, de Labuat (Labuat).

Nadadores


Ven, toma mi mano.


No tengas miedo, es muy fácil, confía en mí. ¿Ves toda esta agua? Que no te asuste, mi pequeño. Te prometo que no te dejaré nadar en soledad, siempre estaré a tu lado, o a tu espalda, vigilando tu tranquila y apacible senda acuática.


¿Te das cuenta? No es tan difícil. Sigue así, lo estás haciendo muy bien. Ánimo, mi niño. Constancia, sacrificio, miedo, felicidad, paz, risa, llanto, electricidad, escalofrío, mariposas, pasión, amor… esas son las claves.


Si me permites, te voy a confesar algo. Al igual que tú, estoy francamente aterrada. El pavor sacude mis miembros de vez en cuando, y la inseguridad se convierte en mi peor enemiga, la incertidumbre en mi gran talón de Aquiles. Supongo que esta sensación te resulta más que familiar, así que te propongo un trato: ignorar la inseguridad, desdeñar la incertidumbre. Miremos al frente, mi mundo, tu mundo, nuestro mundo.


No será fácil, lo sabes, lo sé, lo sabemos. Pero eso no debe hacer que te hundas en el agua. Recuérdame siempre vigilando tu travesía.


Ven, toma mi mano.


Catherine Heathcliff.


Lo que estoy escuchando: Trouble, de The String Quartet (Tribute to Coldplay).

Idealista

Suelo vivir en un mundo aparte, dentro de mis ensoñaciones constantes, donde todo es de un color azúl violáceo, con pequeños copos de hielo que acarician mi rostro. En ese mundo, muy poca gente entra, pero quien lo hace, deja su huella perenne en mi mullido suelo cubierto de nieve.

En este momento de mi vida, veo una blanquecina luz al final, muy al fondo, un tenue resplando que, de alguna manera, me está ayudando a vislumbrar cada obstáculo en el camino, cada escarpada senda, cada pedrusco en la travesía. Y esa ínfima luz, tan distante, pero tan cercana, es la que da calor cada día a mi faz, surcada de incertidumbres, dudas, miedos y porqués.

Tengo la infinita suerte de dedicarme de lleno a una ocupación que es placenteramente agradable, y oleadas de satisfacción sacuden mis ya de por sí agitados nervios. Sobre todo, poseo el privilegio de compartirlo y disfrutarlo con gente que poco a poco, paso a paso, ha llegado a formar parte de mi vida. Personas que cruzaron sus caminos con el mío, y viceversa. Personas que no conocía a priori, y sin embargo, han ido mostrándome poco a poco su corazón, de manera gradual, como gajos de naranja que esconden el más dulce elixir y aroma en su interior. Personas que confían en mí de manera incondicional, que están a mi lado incluso al otro lado del teléfono, en largas conversaciones matutinas. Personas que me ofrecen las puertas de su casa abiertas de par en par una y mil veces. Personas con las que adoro conversar, ahora y siempre. Personas que me ofrecen apoyo constante, incluso en este momento de mi vida en el que el barco en el que navego parece haber virado hacia otras sendas. Personas que, más allá de su inconmensurable valía como ser humano, experimentan cada día el amor más sincero y puro que dar, el de madre, y, de alguna manera, constantes gotas doradas de ese puro amor me salpican a diario, y yo me dejo empapar, gustosa, feliz y agradecida por haberme cruzado con alguien que tan desinteresadamente me brinda su amistad. Personas que esconden en sus silencios y en su aparente frialdad una llama en palpitar constante, un fuego que estoy encantada de haber conocido e infinitamente agredecida por dejarme calentar en él mis ateridas manos; porque son muchas las similitudes que en su sentir hallo con respecto a mi vida, y porque a veces tengo la impresión de que con sus silencios y sus miradas muestra ante mí toda su sabiduría, experiencia y elocuencia.

De un tiempo a esta parte, hay un nuevo inquilino en este mundo mío, tan privado, que no cesa de pisar la nieve mullida de mi alrededor. Y yo estoy tranquila y feliz de haber encontrado ese inquilino, que si bien no sé si permanecerá en mis dominios mucho tiempo, la dulce incertidumbre de este enigma es lo que me hace darme cuenta de una realidad: me he acostumbrado tanto a su presencia que el simple y mero hecho de pensar en su ausencia provoca en mí un desasosiego del que intento huir presurosa... para guarecerme de nuevo en la seguridad de su presencia.

No hace mucho una persona dijo que era algo maravilloso que yo fuese tan idealista, y yo se lo agradecí infinitamente, pues quien me lo dijo no es consciente de lo muchísimo que le adoro. Me dijo también que mi enfermiza tendencia a hacer de las cosas un cuento romántico era algo precioso, y que no perdiese nunca este detalle, pues preservaba así un poco de mi moribunda inocencia que por edad comienza a pasar a mejor vida. Puede ser que lleve razón, ya que para mí su palabra es ambrosía de dioses, y lo único que sé es que, pase lo que pase, me gustaría seguir contando con sus consejos y su perenne sabiduría durante el resto de mis días.

Todavía creo en los cuentos de hadas, en caballeros que con lindos y poderosos corceles velan por sus damas, vigilados y protegidos de cerca por haditas pequeñas y traviesas, pero llenas de valor y de magia. La vida no es así, y me voy dando cuenta gradualmente, poco a poco. Y no siento tristeza, porque quizá ese cuento de hadas que yo creía me brinda no a caballeros, sino a labriegos o escuderos de igual o mayor valor que el de su señor; quizá no a poderosos corceles, sino a lindos potrillos que esperan con ansia crecer y verse convertidos en auténticos purasangres; puede que no damas, sino mujeres cotidianas que cada día luchan por llevar un plato de comida y alimentar a su hambrienta y agradecida familia; y es probable que no haya hadas, sino dos hermosas presencias, una maternal y otra paternal, que me cobijan día a día bajo su ala, protegiendo a ésta que escribe, animándome a volar, y el día que emprenda el vuelo definitivo, miraré atrás, y ya no estarán sujetando mis alas, pero sí protegiendo mi vuelo, a mi espalda, incluso cuando no las vea, porque para estas presencias, y pase el tiempo que pase, seguiré siendo esa indefensa avecilla que hace 24 años abrió los ojos al mundo que ellos me regalaron.




Catherine Heathcliff.




Lo que estoy escuchando: Trouble, de Coldplay (Parachutes).

The Nappies

Porque son fantásticos hasta haciendo el payaso.

Porque una canción con unos arreglos tan pobretones consigue que yo tararee una y otra vez a lo largo del día: "I'm nobody, I'm nobody, I'm nobody, I'm your baby's daddy!"

Porque incluso con pelucas y ese look ochentero tienen ese inconfudible British sex-appeal.

Porque ver a Guy Berryman, el responsable del bajo, tocar el piano con esa impostura tan solemne me hizo carcajear sin parar.

Porque oir a Chris Martin gritar al final de la canción "Motheeeeer!" es lo mejor del video.

Porque son, sencillamente, geniales.

Por este video y por tantas otras cosas más, miles, millones, Coldplay es mi grupo de música predilecto. Por los siglos de los siglos. Amén.
Catherine Heathcliff.

Reflexiones



Llevaba días en reflexión constante.

Pensaba en su situación actual y todo parecía estar en la cima de una empinada cuesta, a la que cada día costaba más iniciar su ascenso. Veía lo que le esperaba, pero cuanto más avanzaba, más lejos parecía estar el jardín repleto de incontables delicias en las que sumergirse sempiternamente.

Uno de sus grandes anhelos se había escapado de entre sus dedos, como un volátil suspiro. Había probado su dulce miel, pero el caprichoso destino no quiso permitirle su completa degustación.

Ahora sentía cómo una frágil luz iluminaba sus espaldas de manera constante, y tenía la dulce sensación de que ese haz luminoso la seguía por doquier. Gradualmente, se había aferrado a esa cálida sensación de compañía, y no obstante, era consciente también de su futilidad...

...pero no quería dejarla escapar.

Temerosa de perderla, de no notar su cálido abrazo en su espalda, volvía la vista atrás continuamente. La tenue luz parpadeaba, demostrando su amorosa presencia. Y ella sonreía, agradecida.

Y, sin embargo, ¿por qué notaba el sabor agridulce en sus seductores labios? ¿Por qué temía, en el fondo de su corazón, que esa luz no era la que deberá iluminar su escarpada senda vital y espiritual?

¿Por qué le atemorizaba tanto el dolor, el sufrimiento? ¿Por qué?

Ansió, una vez más, el jardín de las delicias que le aguardaba tras la abrupta pendiente...

Catherine Heathcliff.

Lo que estoy escuchando: On a Day like Today, de Keane (Hopes & Fears).

Welcome


La vida es curiosa. Curiosa 100%. Cuando en septiembre de 2008 mi gorriona, la que había criado durante dos meses y había visto convertirse en un avecita francamente linda, se marchó, quedé bastante triste, porque una servidora es amante de los animales, y sufre muchísimo ante cualquier animalillo que lo está pasando mal por alguna circunstancia, o bien porque me encariño demasiado pronto.


Sin embargo, ayer ocurrió algo totalmente inesperado, y creo que además increible.


Estaba yo en mi habitación delante del ordenador por la tarde, sobre las cinco o cinco y media de la tarde, cuando escucho de repente y cerca de la ventana el canto claro y nítido de un canario. Detuve mi tarea, pues me impresionó bastante oírlo tan cerca. Normalmente, desde mi habitación no se suelen escuchar, pero sí desde el salón de mi casa; la mayor parte de mis vecinos tienen canarios puestos en las ventanas, pero en las del salón, de ahí que me sorprendiera tanto escucharlo tan cerca. Inmediatamente pensé que, probablemente, alguno de mis vecinos, bien los de arriba o los de abajo, habían sucumbido y habían decidido tener también un canario. Bien, no le di la mayor importancia y seguí con mi tarea; pero entonces escucho a mi padre que me llamaba. Mi padre estaba en la habitación de al lado -es decir, la de mis padres- viendo la tele en su butaca/mecedora -su remanso de paz y tranquilidad después de comer, lugar donde se autoprodiga las más tiernas siestas-. Fui a su encuentro y me dijo: "Mira por la ventana". Y hete aquí que me encuentro en la misma un precioso canario verde con motas negras, como atigrado, y una cola larguísima, tupida y blanquecina; un canario precioso que cantaba y piaba sin parar. En casa, nuestras ventanas tienen doble cristalera, y el animal estaba entre el pequeño espacio que las separan. Mi alegría fue mayúscula, y corriendo llamamos a mi madre. Desde que era pequeña mis padres han tenido siempre canarios, pero hace un par de años, o quizá tres, se murió el último que teníamos; había vivido casi catorce años, y murió de pura vejez. Desde ese momento no hemos vuelto a tener otro pajarillo -salvo mi gorriona, pero esta no cuenta-, y mi madre se deshizo pronto de la jaula, los comederos, bebederos, etc.. ¿Qué íbamos a hacer, pues, con el nuevo invitado? Inmediatamente pensamos que se había debido de escapar de alguna casa; quizá alguien había dejado la puertecilla de la jaula abierta en un descuido. Mi madre y yo bajamos y empezamos a inspeccionar la fachada donde algunas de las ventanas de nuestros vecinos albergaban jaulas con canarios, con la esperanza de ver alguna vacía. Nada; todas tenían en ella preciosos pajarillos de los más vivos colores. ¿Qué hacer? Decidimos ir a ver a una vecina que tiene dos canarios, con la esperanza de que tuviera una jaula de sobra y comederos con un poquitín de alpiste. Así fue.


Desde ayer, nuestro curioso hallazgo está en nuestro salón, en una jaula prestada, con comederos y alpiste prestados -hasta que mañana lunes las tiendas estén abiertas y pueda comprarle una jaula y comida, y devolver ésta a su legítimo dueño-, pero con un improvisado cacharro de plástico que le hemos puesto para que le haga las veces de bañera, y lechuga y un poco de manzana. No para de cantar, y no parece haber extrañado ni la casa, ni los habitantes.


Lo cierto es que en casa mis padres y yo estamos encantados con el pajarillo, pero sobre todo, por el hallazgo, que consideramos, cuanto menos, curioso y soprendente. Mi madre no para de decirme que no me encariñe demasiado, porque si es cierto que se ha escapado, el dueño acabará apareciendo. Probablemente sí, y entonces tendré que devolverlo. Bueno, ojalá que no sea el caso...


Espero que mi perrilla Lupy olvide los celos esta vez.


La verdad y ahora que lo pienso, mi testimonio es escalofriante. Hay en Los Simpsons un personaje: una vieja loca rodeada de gatos. A mí ese personaje en concreto me hace muchísima gracia, pero a veces me da que pensar: ¿y si acabo igual que ella, loca perdida por leer tantos libros sobre vampiros, pero en lugar de gatos, rodeada de pájaros revoloteando a mi alrededor?


Dejaría de ser Catherine para pasar a ser recordada como "la loca de los pájaros", y los niños harían apuestas para entrar en mi casa, morbosamente aterrados...


...escalofriante.


Catherine Heathcliff.


Lo que estoy escuchando: Better Be Home Soon, de Crowded House (Recurring Dream).

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