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Aquellas pequeñas cosas


"Son aquellas pequeñas cosas", dice la canción.


En realidad, las pequeñas cosas son las que marcan nuestra existencia y son las que nos hacen la vida un poco más fácil, más placentera. A veces nos entretenemos en focalizar nuestra felicidad en algo específico, tendemos a concretizarla, y ahora yo me pregunto: ¿cómo se puede planear la felicidad? El ser feliz no se puede ni tocar, ni medir, ni pesar... simplemente, se siente, y jamás nos sentiremos felices de pleno derecho, tan sólo conformes.


Es inherente al ser humano.


Y obviamos las pequeñas cosas... y muchas veces son las que nos hacen tremendamente feliz, quizás tan sólo en un breve lapso de tiempo, pero ese intervalo se paladea, se degusta una y otra vez.


Quizá la felicidad esté en un gesto. Un simple gesto, una pequeña cosa, ¿no?


Yo hoy lo he vivido, lo he sentido, la electricidad sensorial ha sacudido mi cuerpo de pies a cabeza. Un pequeño gesto: una actitud, una sonrisa, un saludo, una palabra amable, un roce afectuoso... todo eso, en pequeñas dosis y concentrado en un intervalo de tiempo que a mí me supo a poco, pero que sin embargo ahora, mientras escribo estas líneas, me hacen tremendamente feliz.


¿Deseo algo más? Probablemente, pero son aquellas pequeñas cosas las que realmente me hacen sonreír.


Catherine Heathcliff.


Lo que estoy escuchando: Aquellas pequeñas cosas, de Joan Manuel Serrat.

En un día como hoy


En un día como hoy, y antes de irme a dormir, hago balance de esta jornada. No puedo evitar hacer una comparación inevitable entre este día y cualquier otro de la semana anterior. Las comparaciones son odiosas, dicen, pero muy a menudo son inevitables, e incluso necesarias.


En un día como hoy, me doy cuenta una vez más del tinte indómito de mi carácter y que siempre va conmigo. La natural impaciencia de mi personalidad hace que me desespere con frecuencia, que intente hacer correr el tiempo con rapidez, que procure sentirme al cien por cien ante todos los cambios que se presentan en la vida.


En un día como hoy, siento un ligero calor en el centro de mi pecho, una secreta y velada alegría a la que no le permito que se desborde por mi supersticiosa manía de ser cautelosa.


En un día como hoy, me doy cuenta de que a veces los cambios drásticos, aquellos giros radicales que marcan la existencia del ser humano, esas vueltas que da la vida y que nunca me han hecho mucha gracia, no tienen por qué ser necesariamente presagio de algo malo. Hace un par de días le comentaba a una compañera de trabajo que recordaba sólo dos veces en las que en mi vida me había dejado guiar por mi instinto, dejando a un lado mi patológica tendencia a pensarlo y meditarlo todo siempre; en la primera ocasión, el resultado fue francamente nefasto, casi para olvidar; en el segundo caso, aún no puedo responder porque aún no conozco el desenlace.


Pero sí que sé que, en un día como hoy, me dejo acariciar por la dulce incertidumbre del mañana, procurando disfrutar de esta agradable sensación de sentir que, por una vez que me aferro al cambio, me siento satisfecha.


En un día como hoy, me voy a dormir con la sensación del trabajo bien hecho, y lo mejor de todo, con la fuerza suficiente para seguir afrontando el mañana con una sonrisa cargada de tesón.


Al final de un día como hoy, buenas noches.


Catherine Heathcliff.


Lo que estoy escuchando: On a Day Like Today, de Keane (Hopes & Fears).


Catherine ojos azules



Creo que debería estar preocupada. Un suceso extraño me ha acontecido esta semana. He dejado de ser Catherine; he perdido toda identidad y contribución en este mundo.


Lo cierto es que no estoy en absoluto sumida en una profunda cuita; más bien, todo lo contrario.


Llevo tan sólo dos días dándoles clase a los que serán, si todo va bien, mis alumnos durante todo el curso académico 2009-2010. Es normal que yo aún no conozca del todo a mis pupilos, y es también bastante usual el hecho de que ellos no estén tampoco familiarizados conmigo. Los nombres, la actitud, la metodología en clase... todo eso se tambalea un poco al principio.


Mis alumnas aún no me conocían el primer día, pero sí sabían que yo les iba a dar clase. No recordaban tampoco mi nombre, pero sí que hicieron ver que estaban familiarizadas conmigo al destacar un rasgo de mi fisonomía. Bien es cierto que no es una traza intrínseca en mí, sino que más bien se trata de algo transitorio y que obedece a una preferencia determinada en mi persona.


Durante un día escaso dejé de ser la seño Catherine (o la profe o la maestra Catherine) para pasar a ser conocida como "la seño que se pinta los ojos de azul".


Me encanta.





Catherine Heathcliff.




Lo que estoy escuchando: Sad Eyes, de Bruce Springsteen.

Marianne Dashwood

Marianne Dashwood encontraba sólo paz cuando se recluía en sí misma. Era por naturaleza contradictoria; adoraba encontrarse arropada siempre por los suyos, sentirlos cerca de ella, y sin embargo, en momentos de dolor experimentaba un cierto grado de paz en soledad... la ansiada paz interior que su innato agitado espíritu jamás encontraba. Lo cierto es que su interior rara vez descansaba.

Con frecuencia, se concebía a sí misma como una mujer realmente apasionada, muchas veces incapaz de encontrar un equilibrio quasi perfecto a la desbordante pasión que rezumaba cada poro de su piel. La verdad es que jamás le había importado; ella siempre decía que experimentar cualquier tipo de amor no puede medirse, ni pesarse. Simplemente, había que sentirlo y dejar que todo lo demás, lo secundario, si se prefiere, siguiera su curso.

Hacía casi tres meses que Willoughby se había ido. Había elegido otra vida distinta a la que podría vivir con Marianne, ajena a lo que ella podía y anhelaba ofrecerle. Resultaba curioso, pero Marianne había vivido toda su vida sin Willoughby, y bueno, no le había ido tan mal, pues tenía todo lo que, modestamente, podía necesitar. Willoughby había formado parte de su persona durante apenas cuatro meses. Poco tiempo, muy poco, en realidad... y, sin embargo, ¿por qué le costaba tanto volver a su vida anterior? ¿Por qué se había acostumbrado tanto a él que ni siquiera era capaz de recordar cómo marchaban sus días antes de la llegada de Willoughby? Su vida de antes parecía un mal sueño en el que se sumergía de nuevo día tras día, y cuando volvía la vista atrás y recordaba los preciados momentos vividos con Willoughby, los contemplaba en perspectiva envueltos en una especie de aureola, de nebulosa que habían supuesto el plácido y tranquilizador despertar de esa pesadilla.

Willoughby eligió alejarse de ella; renunció cualquier intento de mutuo entendimiento, y tan sólo se dejó subyugar por una vida sin complicaciones. Quizás Marianne concebía, dentro de la pasión desbordante que por el sentía, su amor con una sencilla madurez. Quizás el error de Marianne fue creer ciegamente que Willoughby, como ella, profesaba una devoción inalterable a la construcción de un íntimo mundo de dos, donde los demás serían visitantes, pero no residentes. Era evidente que tan sólo quedaría el doloroso recuerdo, y éste había sido uno del que Marianne no conseguiría fácilmente huir, la amarga reminiscencia de la incertidumbre de lo que pudo haber sido y no fue. La sempiterna sensación de fracaso.

La penitencia de Marianne era su continuo afán de justificación hacia él. Ella era incapaz de concebir, a pesar de todo lo vivido, de todo lo sufrido, de todas las lágrimas derramadas, a un Willoughby incapaz de no sentir un cierto sentimiento hacia ella y a todo lo compartido en su compañía. ¿Cómo es posible, se preguntaba Marianne, que ni siquiera pudiera sentir un atisbo de aprecio y melancolía hacia la mujer a la que una vez juró amor? Promesas vertidas, promesas barridas por un gélido viento de decepción, promesas que Marianne creyó ciegamente. De nuevo, la constante tendencia a justificar el comportamiento de él...

Casi tres meses de ausencia de Willoughby y sin atisbos de regresar. No había ni un sólo día en que Marianne no pensase en él, ni que abriera los ojos a un nuevo día y no sintiera su recuerdo, ni que cerrara los ojos al caer el sol y no le deseara en la distancia "buenas noches". A pesar de todo.

¿Y si volviese? ¿Sería capaz Marianne de desafiar a todos y a todo ante el regreso de Willoughby? Le aterraba ese pensamiento, y se refugiaba en la dolorosa comodidad que le reportaba la completa certeza de que eso jamás iba a ocurrir.

Quizá la solución estuviese en ser como Elinor y contemplar las cosas con la gélida frialdad de ser realista. Pero sabía que eso implicaría dejar de ser Marianne Dashwood.
Catherine Heathcliff.

Lo que estoy escuchando: Softly Sleeping, de Kate Winslet.

De cómo conocí a Vladtepito




Las consecuencias de tener una casa cerrada durante un tiempo considerable son numerosas, y la que quizás pueda considerarse una de las menos preocupantes es encontrarse una capa de un metro de polvo sobre los muebles y el suelo. Es lo que provoca el tener tu hogar a bastantes kilómetros de donde trabajas. Nada, se limpia y listo. ¿Pero qué ocurre cuando los okupas invaden tu propiedad? ¿Qué hacer ante esto y ante los destrozos que pudieran ocasionar? La verdad es que es una situación complicada y nada deseable, pero he de confesar que esto es lo que nos ocurrió a mi madre y a mí en nuestra casa.


Tuvimos el pasado julio un okupa en nuestro hogar: un murciélago.


Sucedió por la mañana. Yo estaba en el salón desayunando mientras leía, paradojas de la vida, Lestat, el vampiro, de Anne Rice. Mi madre estaba en la cocina, trajinando, como siempre. De repente, un grito espeluznante llegó a mis oídos e hizo que se me erizara el vello y pegara un respingo: “¡Aaaaah! ¡¡¡¡¡Catherine!!!!!”. La voz de mi madre rasgó el viento. ¡Mi madre pedía auxilio! Llena de preocupación, me volví en mi asiento de repente y grité a mi vez: “¡¡¡¡¡Aaaaaah!!!!! ¡¿Qué?!” Eso sí, yo no me moví del sitio, por si acaso. Confieso que lo primero en lo que pensé fue en arañas, gigantescas arañas, negras y peludas poblando por doquier la alacena o el lavadero de mi casa. Repito: es lo que tiene tener un sitio cerrado durante tanto tiempo. Bueno, eso y tener una imaginación desbordante, delito del que me confieso culpabilísima. Y ante ese aterrador pensamiento, yo seguía sin moverme. Caramba, mi madre podía estar en peligro… ¡y yo me quedé en el asiento! Con la cara desencajada por la preocupación, eso sí, que conste. Arañas, arañas enormes, arañas oscuras y con pelos… ¡maldita aracnofobia patológica y sin remisión la mía! Pero no eran arácnidos llenos de pelos, pues otro grito de mi madre confirmó de lo que se trataba: “¡¡¡¡¡Catheriiiiine!!!!! ¡¡¡¡¡Un murciélago!!!!!”. Buf, menos mal. Claro, menos mal para mí, porque para mi pobre madre, ese ser tan excepcional que me dio la vida y a la que yo negaba el auxilio, ODIA, en el sentido más literal y mayúsculo de la palabra, a los murciélagos; esa sensación es superior a ella: no los soporta, le aterran horriblemente, hasta el punto de quedarse paralizada. Bien, pues más o menos eso fue lo que pasó, porque de repente veo un murciélago muy pequeñito venir volando de la cocina hasta el salón donde yo desayunaba plácidamente en compañía de mi Lestat literario para después dejarse caer detrás de una puerta, y más tarde… quietud, tan sólo rota por el portazo de la puerta de la cocina cerrada a cal y canto. Mi madre se había encerrado, presa del pánico. Claro. Obvio. Desde su refugio improvisado, gritó: “¡¡¡¡¡Échalo de aquííííí!!!!!”


Bueno, yo intenté por todos los medios coger al animalito. Usé un trapo y todo para poder atraparlo y así dejarlo en la ventana para que se fuera. A mí me daba mucha pena, porque era muy pequeñito y estaba muy calentito y blandito, me parecía que si lo cogía entre mis manos o entre mis dedos, le iba a hacer daño. Claro, el pobre animalito pasó de mí tres pueblos y se lió a volar en círculos por todo el salón. Así se tiró un rato, y a mí no se me ocurre otra cosa que mirarlo embelesada, mientras me reía sin parar. La verdad es que en cuestión de cinco minutos me encariñé con él y le puse hasta nombre: Vladtepito. Es que era muy pequeño…


Mi madre me escuchó reírme y salió de la cocina. “¡Si ya sabía yo que no había forma! ¡¡¡¡¡No te rías!!!!!”. Y cuanto más me decía que no me riera, yo más me reía. El pobre Vladtepito seguía dando vueltas en círculo por todo el salón, y cada vez que sobrevolaba la cabeza de mi pobre madre, que es una santa y tiene el cielo ganado por tener una hija tan descastada, se encogía sobre sí misma, apretaba los dientes y murmuraba “!uuuuuh!”, así, como con asco o dentera, la pobre mía. ¿Qué hacía yo mientras tanto? Reírme a carcajada limpia. Mi madre ya desesperada intentó poner orden: “¡Catherine, ABRE LA VENTANA!”. Vale, si te grita de esa manera, más vale hacerle caso. La risa se me cortó de golpe y abrí la ventana y la persiana lo más que pude, pero ya sabía yo lo que iba a pasar, así que le dije a mi madre: “Mmmh, mamá, esto… los murciélagos no ven, así que…”. Pero no había problema; mi madre, en un arrebato de valor sin precedentes, cogió el plumero y, armada con tan letal instrumento, se dispuso a espantar al murciélago, que seguía dando vueltas en círculo por el techo del salón. Pobre mamá de Catherine… sin moverse del sitio, comenzó a agitar el plumero arriba y abajo, de manera constante, sin parar, a la par que entonaba su “¡uuuuuh!” característico, mencionado líneas arriba. La situación era bastante cómica, porque la pobre mía no se movía de la baldosa que había elegido como su receptáculo vital: su existencia en ese momento se reducía a ese pequeño rectángulo de mármol, de ahí no se movía. Durante esos angustiosos minutos, mi madre vio su vida recluida en ese estrecho espacio, encogida de hombros, gritando “¡uuuuuh!”y moviendo el plumero arriba y abajo, arriba y abajo, una y otra vez, como el gato de Mixta (y permítaseme la licencia publicitaria). La verdad es que lo hacía todo a la vez, así que ahí tenemos la prueba fehaciente de que una mujer puede hacer bastantes cosas simultáneamente, y si es una madre, más todavía. Yo es que siempre he creído que mi madre sabe hacer de todo, la verdad,…


…hasta espantar murciélagos, porque mi pobre Vladtepito se marchó por la ventana finalmente. Quiero creer que se fue porque quiso y porque ya estaba harto de dar vueltas en círculo por mi salón, pero a mi madre le digo que se fue por ella y sus infalibles métodos espanta-murciélagos. Claro, todo esto para que se sienta mejor. Lo cierto es que, horas más tarde, le pregunté que por qué le daban tanto miedo los murciélagos, a lo que ella me respondió, con toda lógica, con otra pregunta: “¿Y a ti por qué te dan tanto miedo las arañas, a ver?”. Cierto, pero mi respuesta es evidente: son arácnidos, no son mamíferos, como los murciélagos. Pero lo mejor, lo mejor, lo mejor de todo, fue la réplica que mi madre me soltó a continuación:


- ¡Ay, Catherine, que no! ¡Que no soporto a los roedores de sangre fría!


Evidentemente. Ante este argumento de lógica aplastante, no tengo nada más que añadir, tan sólo que mi madre SIEMPRE lleva razón, aunque no la lleve, como es este caso.

Rectificación: mamá Catherine me pide que limpie su imagen y deje claro que ella sabe de sobra que los roedores (murciélagos incluidos) son de sangre caliente; ella, lo que en realidad quería decir era: "¡Que no soporto ni a los roedores ni a los animales de sangre fría!". Es verdad, que conste, que los reptiles tampoco los soporta. Dicho queda.


Catherine Heathcliff.



Lo que estoy escuchando: Sympathy for the Devil, de Rolling Stones.

Provincia de...

El ser humano resulta en muchas ocasiones una criatura verdaderamente fascinante. Es capaz de grandes cosas, pero también de absolutas y tremendas barbaries. Hay personas que, como yo, tienden a gustar de la filosofía, pero no de la que se estudia en un libro, sino de la que surge de los entresijos mentales de uno mismo. Yo no considero mi filosofía mejor que ninguna otra; es, sencillamente, mía, y como toda teoría, puede resumirse fácilmente en una sola frase que recoja mi ideal; en este caso, semejante motto sería: "las cosas jamás suceden porque sí".

Provincia de... provincia de... provincia de...

Siempre he creído en las señales, y si se quiere, admito también que en una especie de predestinación que mueve los hilos de todos los seres humanos. Siento una suerte de recelo ante esta afirmación, suena un tanto herética, pero qué le voy a hacer, la mentira no es buena, y la cuestión es que esta confesión es una gran verdad. La mentira nunca es buena, mata el alma y la envenena, resuena en mi cabeza.

Provincia de... provincia de... provincia de...

Nací en Burgos hace 24 años, y a los 15 días de vida, abandoné mi tierra, mi adorada Castilla y León por la otra Castilla. Castilla la Mancha fue el lugar de parte de mi infancia, y mi corazón se encuentra dividido por las dos Castillas. Es curioso: era apenas una neonata cuando abandoné mi Burgos del alma y jamás he vuelto. Y, sin embargo, la siento tan cerca de mí que desde que tengo uso de razón y alguien me pregunta mi origen siempre respondo sin pensar: soy burgalesa. Y lo soy, vaya que sí lo soy, pero también soy manchega. Y, bueno, también andaluza, lugar donde llevo viviendo desde que tenía la tierna edad de 7 años... mmmmmh, ahora tengo 24 y llevo desde los 7 por Andalucía... ¿no sería, pues, más sensato afirmar que, casi, casi, eres andaluza, Catherine Heathcliff? Probablemente, sí, y la conclusión más inmediata que se podría derivar de mis excéntricos orígenes sería la siguiente: Catherine Heathcliff, burgalesa de nacimiento, manchega de crianza, andaluza de adopción. Otra gran verdad, pero no puedo evitar sentir que un pedazo de mí está en cada uno de los rincones en los que he vivido. ¿Dónde está mi casa, mis raíces, mis orígenes? Durante todos estos años de viajes y casas a cuestas he aprendido otra gran verdad: mi hogar está donde estén los míos.

Provincia de... provincia de... provincia de...

Sevilla... Desde que tengo uso de razón, siempre le he dicho a mi madre que me encantaría vivir en Sevilla o tal vez acabar mis días allí. ¿Por qué? ¿Cuál es el motivo, si yo jamás he vivido en Sevilla? Quizá sea porque mi padre es sevillano, o quizá porque afirmo fehacientemente que la capital andaluza es una de las ciudades más hermosas sobre toda la faz de la tierra. Siempre he luchado porque este sueño personal se hiciera realidad... et voilá.

Provincia de... provincia de... provincia de...

Mi nueva vida en Sevilla llegó justo en el momento preciso. Me he aferrado tanto a esta nueva etapa que la ilusión salpica mi piel como rocío fresco a primera hora de la mañana. Mi corazón se acelera, late acompasado al ritmo de mi creciente y lacerante emoción. Los nervios de lo desconocido, de los planes, de organizarlo todo en pocas semanas... me encanta. Pido a mi destino que no me arrebate esta ilusión porque la necesito, la preciso de veras.

Conduzco y me adentro en las fronteras imaginarias que limitan esos carteles verdes.

Provincia de... provincia de... provincia de...






Catherine Heathcliff.

Consejos de mayores


Viernes noche, 10 de julio de 2009. Hora: 22.25.


Catherine Heathcliff se dirigía rauda y veloz a la terraza donde había quedado con sus amigos para tomarse algo... y lo que pudiera pasar después.


Con paso ligero, subía taconeando la Avenida de la Constitución en dirección a la Plaza de San Pedro, punto de encuentro con sus amistades. Tenía prisa, iba tarde. Pasó por delante de un banco de los muchos que hay en las amplias aceras de la citada avenida. En ese banco, dos mujeres y un hombre de edad avanzada tomaban la ligera y agradable brisa que tiende a correr de noche por la hermosa ciudad en la que vivo, frescor que les permite dormir con una cierta comodidad en esta época del año tan calurosa.


El relato que a continuación les detallo transcurrió tal cual. Señora mayor número 1 y Señor mayor enmudecen cuando Catherine Heathcliff pasa delante de ellos y se detienen a estudiarla con detalle y minuciosidad. Silencio, tan sólo roto por el persistente taconeo de la joven. De pronto, Señora mayor número 2 exclama:


- Cuchaaaaa... ¿a qué horas sale esta nena? Oig, ¡en vez de estar ya en su cama, la joía!


Catherine Heathcliff siguió caminando, sin apenas volverse, pero muerta de risa. Y se paró a reflexionar; probablemente, esta señora tenga razón, o no, vete tú a saber. Lo cierto es que a estas horas, 16.51, Catherine Heathcliff tiene mucho sueño, y se pregunta si la Señora mayor número 2 tiene razón y lo suyo fue un consejo bienintencionado. Probablemente sí, pero Catherine Heathcliff sonríe ante lo (in)oportuno del comentario, y se cuestiona si su cansancio se debe a andar despierta a una hora tan horriblemente desorbitada como las 22.25 un viernes por la noche en pleno julio o a que se recluyó en su cama -de la que no debió haber salido jamás, vive el Cielo- ya entrada la madrugada.


Sólo un apunte más; bueno, más bien una advertencia, o... amenaza: Señora mayor número 2, esta noche de sábado Catherine Heathcliff piensa repetir. ¿La perdonará por haber desoído, una vez más, sus benévolos consejos?


Catherine Heathcliff.


Lo que estoy escuchando: Toda la noche en la calle, de Amaral (Estrella de mar).

Etapas


Dicen que el respeto no se exige, se gana. Cuando oí esta frase, no pude por menos que recurrir a mi enfermiza tendencia de auto-aplicarme cualquier moralina que cruza mis oídos. A la luz de todo lo vivido estas dos últimas semanas, es evidente que es una gran verdad.


La cultura te la dan los libros, pero también la vida.


Es inevitable pensar que, quizás, parte de todo lo vivido lo podía haber evitado, si hubiese tenido más cultura vital.


O no...


...no lo sé, en realidad.


Tan sólo sé que la vida es un continuo devenir de etapas; se cierra una puerta, sí, pero otra se abre. Constantemente.


Y ya ha llegado mi momento. Las puertas están cerradas. Hasta ahora, han permanecido entreabiertas, pero ya no. Se acabó.


Sólo se volverán a abrir con la llave correcta.


Catherine Heathcliff.


Lo que estoy escuchando: Side, de Travis (The Invisible Band).

Un test


1. Trabajo más atípico en mi vida:


Pues... teniendo en cuenta que llevo trabajando desde una edad muy temprana y que casi siempre lo he hecho dando clases de inglés, francés y lengua española, yo diría que lo más raro ha sido ser azafata en dos congresos. Y digo raro o atípico por el hecho de aguantar a ciertos ponentes y sus exigencias y morderme la lengua... En esto me parezco un poco a Ayrim. Bueno, como en tantas otras cosas...


2. Cuatro cosas que me llevaría a una isla desierta:


- Un ejemplar de Cumbres Borrascosas.

- Un mp3, mp4 o iPod con toda la discografía de Coldplay.

- Mi dvd de Onegin. Obviamente, eso implicaría un reproductor portátil también...

- Daniel Day-Lewis. Vale, no es una cosa, es una persona, pero puestos a pedir...


3. Sobre quien te nominó:


Mi Ayrim... una gran persona con un corazón gigante. Es un cielo de chica, con la que se puede hablar prácticamente de casi todo, y digo casi porque no nos imagino charlando sobre biología molecular con un capuccino de por medio en el Oceánico. Estoy encantada de haberla conocido y de haber compartido tantísimas cosas con ella. Siento que todas esas cosas no son más que el principio de todo lo que nos queda por vivir juntas. A pesar de las vueltas que nos pueda dar la vida, ella siempre estará ahí para mí, igual que yo para ella. Te lo prometo. Gracias por tu amistad.


Nomino a:


- Margot, porque es ¡mi niña! y sé que si se pasa por aquí, hará el test con mil amores.
-
Caroline, porque estoy encantada de haberla conocido y poder leer sus líos de la corte.
-
Vimpela, porque sé que lo hará si me visita. Un beso, linda.


Catherine Heathcliff.


Lo que estoy escuchando: Just Dance, de Lady Gaga (The Fame).

Hoy




- Hoy tu mirada me resulta lánguida y triste.


- Son las lágrimas que derramo por ti.


- Hoy hueles distinta.


- Porque tú me ves distinta.


- Hoy no me siento bien a tu lado.


- Pregúntate a ti mismo si es sólo hoy, o lo ha sido siempre.


- Hoy ya no deseo que me protejas, ni tampoco que te preocupes por mí.


- Desde hoy mismo te prometo que jamás volveré a hacerlo, aunque arda en deseos de verte feliz, aunque mi felicidad dependa de verte sonreír, aunque mi paz sea escuchar el sonido de tu risa.


- Hoy quiero decirte que soy perfectamente capaz de cuidarme a mí mismo.


- Jamás lo he puesto en duda, y esa certeza me hace tremendamente feliz.


- Hoy me siento lejos de ti.


- Eso es algo de lo que siempre he sido consciente. Mi sincera devoción hacia ti me hacía ignorarlo por completo, aunque sabía que desde el principio hemos caminado por sendas distintas.


- Hoy no sé qué es lo que va pasar.


- Y, sin embargo, yo sí que lo sé. La certeza del dolor, del corazón roto.


- Hoy me planteo decir un hasta luego.


- …O quizás será mejor un adiós.



Lo que estoy escuchando: Cuando los sapos bailen flamenco, de Ella Baila Sola.

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