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Moonlight Shadow, de Mike Oldfield

Mis palabras poco pueden añadir a esta obra maestra. No puedo decir más de lo que no se haya dicho ya de este gran clásico. Incluida en el álbum Crises (1983), se convirtió desde ese momento en una de las composiciones más emblemáticas del músico galés.

Tengo 25 años y he crecido con Mike Oldfield. Escucho ciertas piezas y no puedo evitar recordar momentos de mi infancia en los que me sentaba con mi hermano a escuchar a la vez que hablábamos. Lo cierto es que manteníamos conversaciones bastante largas, y por qué no decirlo, profundas, a pesar de yo ser una niña y el no ser más que un imberbe adolescente. Mi hermano, Óscar, me presentó a Mike Oldfield, y desde ese momento, la imagen del músico galés aparece inevitablemente asociada a Óscar.

El primer concierto al que fui en mi vida fue de Mike Oldfield y yo tenía 14 años. Recuerdo que empezó con In the Beginning, para continuar después con There Be Light, ambas incluidas en The Songs of Distant Earth (1994). Mi hermano me contó en su momento que el señor Oldfield creó este disco en homenaje a la novela Cánticos de la lejana tierra (The Songs of Distant Earth), de Arthur C. Clarke. Según mi hermano, Mike Oldfield dijo que ésta era su novela favorita, a lo que él añadió: "y la mía también". Jamás he leído el libro de Clarke por no considerarme capaz; yo, leyendo ciencia ficción, qué disparate. Las cosas están empezando a cambiar, y dos más dos no siempre son cuatro.

Mi hermano comenzó a coleccionar todos los cd's originales de la obra de Mike Oldfield, así que éste puede sentirse orgulloso: yo ahora tengo toda su discografía original. Y, pase lo que pase, seguirá siendo así, pues en cierto modo, me siento heredera y depositaria de esa función, ante la ya irremediable ausencia del que inició esta colección.

Hoy me he topado con ésto, y sí, es posible: puede enamorarte todavía más si cabe.


Para Óscar.
"I stay, I pray...
See you in Heaven...
...one day."
Catherine Heathcliff.

De afinidades


Afinidad: (Del lat. affinitas, -atis). Proximidad, analogía o semejanza de una cosa con otra. Atracción o adecuación de caracteres, opiniones, gustos, etc., que existe entre dos o más personas.


Conexión: Enlace, atadura, trabazón, concatenación de una cosa con otra. Acción o efecto de conectar. Amistades, mancomunidad de ideas o de intereses.


Vínculo: Unión o atadura de una persona con otra.


Consonancia: Relación de igualdad o conformidad que tienen algunas cosas o personas entre sí.


Complementar: Dar complemento a algo.


Gustar: Desear, querer y tener complacencia de algo.


Complacencia: Satisfacción, placer y contento que resulta de algo.


Catherine Heathcliff.


Lo que estoy escuchando: The River, de Bruce Springsteen.

No me gusta


No me gustan los domingos, ni mucho menos los domingos por la tarde. Son bastante deprimentes y estoy todo el día de un humor de perros, sin parar de refunfuñar. Lo gracioso del tema es que no sé explicar por qué.


No me gusta el calor. Odio los climas cálidos y los meses de junio, julio y agosto son un auténtico calvario para mí. Porque esto es como yo siempre digo: si tienes frío, te abrigas; si tienes calor, ¿qué narices haces?


No me gustan las incoherencias, el egoísmo, la envidia y la ignorancia. No me gusta la gente que no coge el toro por los cuernos y afronta las situaciones, enmascarando la verdad, o peor, omitiéndola. No me gusta la gente que no es clara, las de doble cara, y no me gusta no ser lo suficientemente espabilada a veces como para no darme cuenta de dónde están y resguardarme de ellas.


No me gusta que me guste siempre la persona equivocada. No me gusta sentir que he encontrado a la horma de mi zapato para luego darme cuenta que el zapato no era de mi número, me estaba pequeño o más bien grande. No me gusta que si creo haberlo encontrado, son más los impedimentos y dificultades que impiden la completa consecución. Aún así, siempre arriesgo.


No me gustan las paradojas ni las incongruencias.


No me gusta planchar, ni tampoco guardar la ropa. No me gusta ser tan maniática del orden que no me puedo permitir que no me guste dejar montañas de ropa sin planchar ni sin guardar en su sitio correspondiente. No me gusta ser incongruente en este aspecto, así que, a tenor del párrafo anterior, no me gustas, Catherine Heathcliff.


No me gusta la ausencia de orden y de higiene.


No me gusta la música fuerte, ni tampoco muy baja. Me pregunto especialmente si mis vecinos conocen el término medio.


No me gusta la gente que silba a todas horas y en espacios públicos cerrados, como por ejemplo, el autobús o el banco. Tampoco me gusta la gente que come pipas en las mismas situaciones, ni tampoco que tiren las cáscaras donde les venga en gana. No me gusta la gente que habla a gritos por el móvil, o que tienen el mp3 a todo volumen que se escucha hasta a través de los auriculares. No me gustan los que directamente prescinden de los auriculares para oir su música a todo trapo. Y lo que es peor: generalmente es música horriblemente estridente.


No me gustan los malos modales ni las formas intimidatorias. No me gusta la gente que chilla para intentar imponer su razón, ni tampoco los que son intransigentes. No me gustan los extremismos de ninguna clase. No me gusta que por sentirme orgullosa de ser española me tachen de facha, cuando no hay cosa más alejada de la realidad.


No me gusta la alcachofa, ni el queso. Pero el resto de verduras me chifla, y el queso en la pasta, cocinada de la manera que sea, me encanta. Vuelvo a ser paradójica, así que cada vez me odio más a mí misma.


No me gusta que mis cuatro muelas del juicio hayan decidido salir a la par. No me gusta que la inferior izquierda me de tanto la lata, a pesar de tener espacio suficiente para salir. No me gusta que mi dentista me inste a quitármelas; si tengo espacio y están saliendo correctamente, ¿por qué me las voy a quitar? ¿Acaso no son mías? Pues eso.


No me gusta esconderme.


No me gusta llorar. No me gusta la violencia, ni el maltrato, ni el abandono, sea del tipo que sea.


No me gusta el tabaco, ni el alcohol. Me lo paso genial con un caramelo en la boca y con un vaso de Coca-Cola (o Cola-Cao, en su defecto). Para decir estupideces no me hace falta un gin-tonic.


No me gusta el cine español, en general. Hay contadísimas excepciones, no obstante.


No me gusta que me gusten tanto la ropa, los zapatos, los complementos, la cosmética y la peluquería, porque básicamente, tengo que moderarme siempre. Las facturas y el alquiler son prioritarios, evidentemente.


No me gusta no tener a nadie que quiera hacer conmigo la ruta por el norte de España que tengo planeada para este veranno. A este paso me veo haciéndola sola, o peor aún, no yendo.


No me gusta que porque me guste Coldplay, o porque sepa quién es Björk, o porque adore a Tim Burton, idolatre hasta la saciedad a Daniel Day-Lewis y lea novelas decimonónicas inglesas, me tachen de "gafapasta". O peor aún: de freakie.


No me gustan las etiquetas. No siempre dos más dos son cuatro.


No me gusta la gente que habla mal, sin corrección, y no me gusta el lenguaje sms.


No me gusta no conseguir pasar siempre desapercibida.


No me gusta nada en absoluto hablar de mí.


No me gusta que el/la que haya leído esta entrada no se crea lo dicho en la oración anterior.


Catherine Heathcliff.


Lo que estoy escuchando: Odio, de Revólver.

Una declaración. Un regalo. Nada más que decir. Sólo oir; escuchar.

Parte de la banda sonora de mi vida, una vez más.


Lo que estoy escuchando:


Catherine Heathcliff.

Confieso que...


- ¿Juras decir la verdad, nada más que la verdad?

- Lo prometo.

- No, lo prometo no; ¿lo juras?

- No, no lo juro; lo prometo. Desde pequeña me insuflaron el temor reverencial de nunca jurar y eso es lo que hago: nunca juro, sino que prometo.

- Bueno, tanto da. ¿Tienes ya lista tu confesión?

- Sí. Llevo todo el día de hoy con ella en mi cabeza.

- Comienza, pues.

- Es que no me apetece comenzar. Tampoco sé realmente si la confesión servirá para algo.

- La utilidad de tus palabras está por ver. De todas formas, eres plenamente consciente de que tus palabras no siempre han surtido el efecto deseado; o tal vez sí, y lo ignoras.

- Tal vez sí, y yo lo ignoro.

- ¿Pues...?

- Pues...

>> Confieso que todo ha cambiado. Casi estando en el final de año, puedo decir que difiere en su totalidad de cómo empezó. Todo lo que me rodea es diferente, satisfacción es la única palabra que se me ocurre para hacerle justicia a la sensación general que tengo dentro de mí. Estoy tranquila, francamente tranquila.

>> Confieso que yo misma me veo diferente en todos los sentidos; cambiada. Una vez mi madre me dijo que la gente nunca cambiaba, que siempre eran de tal o cual manera, pero dejaban a la luz la cara que mejor le convenía según las circunstancias. Yo no sé si es porque todo lo que diga mi madre para mí es palabra de Dios, a pesar de mis 25 años, pero la cuestión es que yo me lo creí a pies juntillas. Pero he constatado que es una verdad a medias, que dicen que es la peor de las mentiras. Yo lo siento, lo he experimentado, y hoy puedo decir que no soy la misma.

>> Confieso que si algo he aprendido durante todos estos meses es a dejar el tiempo correr. Las cosas vienen solas si no las buscas, dicen, porque empecinarse en la continua búsqueda de algo conlleva a la inevitable frustración y consiguiente desesperación ante la amarga espera.

>> Confieso que jamás me curaré de una grave enfermedad que padezco, llamada impaciencia. Jamás. Y eso es una paradoja, porque si he aprendido a dejar el tiempo correr no sé a cuento de qué sigo padeciendo esta impaciencia patológica que trunca cualquier intento de apaciguar mi agitado espíritu.

>> Confieso que me doy cuenta, cada día más, de lo difícil que soy. Soy una persona llena de complejidades, y supongo difícil de conducir en la intimidad. Quizá sea por eso por lo que últimamente tiendo a psicoanalizarme bastante y a llegar a determinadas conclusiones.

>> Confieso que todo es mucho más sencillo de lo que yo lo hago. Sería conveniente que aprendiera de una vez por todas y me autoconvenciera de que en esto he perdido. Tirar la toalla, quizás, y no empecinarme en algo que siempre he sabido que no estaba predestinado a mis manos. No sé por qué llegado a cierto punto disfracé lo que de hecho tenía delante de mí y obvié el factor de que son razones de peso para la no realización. El cerebro debe pesar más que el corazón, y lamentablemente ahora mismo no consigo evitar que mi corazón sea más pesado que mi masa encefálica.

>> Confieso que todo esto me sabe a poco. Las palabras vertidas, derramadas. ¿Por qué me es tan fácil escribir y me cuesta tanto hablar? Me cuesta hablar, y sin embargo, jamás guardo silencio.

>> Confieso que me gustaría saber realmente qué piensas.


-Ya es suficiente.


Catherine Heathcliff.


Lo que estoy escuchando: Private Universe, de Crowded House (Recurring Dream).

Primer día


Anoche, cuando me fui a la cama, hice balance del fin de semana. Acostada cogí mi móvil, puse la alarma para levantarme temprano hoy lunes y, antes de apagar el teléfono, decidí escuchar algo de música. Fui a la carpeta del móvil donde tengo en formato mp3 mis canciones, y elegí The Scientist, de Coldplay. No es ningún secreto lo que esa canción significa para mí, así que pensé que qué mejor manera de poner punto y final a un cumpleaños realmente especial.


Las primeras notas del piano comenzaron a sonar a través del pequeño altavoz de mi móvil. Lo puse debajo de mi almohada y me arropé; apagué la luz y apoyé la cabeza, de manera que la música parecía envolver el silencio de la noche.


No puedo evitar pensar que este cumpleaños ha sido diferente en todos los sentidos, distinto a todos los vividos anteriormente. Sé muy bien por qué es, y también sé que me gustaría vivir algo parecido el próximo año, y al siguiente, y al siguiente...


La canción dejó de sonar y yo no pude más que hacerme preguntas que yo sola no sé responder.


¿No sería más fácil acaso hablar sin tapujos? ¿Sin cortapisas, abiertamente? A veces siento que escondo mi alma porque las circunstancias me obligan a ello, pero si yo sintiera que hay un sólo atisbo de poder mostrarla desnuda, sin ningún atavío, lo haría, sin dudarlo.


Deben ser los años, pero cierto es que me he vuelto muy reservada. Todo lo escondo dentro de mí. Tan sólo parece ser que cuando escribo me dejo arropar por las cálidas palabras que me ayudan a expresar gráficamente la inquietud de mi alma.


Me agota. Me gustaría poder despojarme de toda vestidura impostada y decir lo que realmente anhelo decir... pero, de nuevo, no puedo hacer lo sola. Necesito ayuda.


¿Debería temer el riesgo?


Primer día, un año más... pero las mismas preguntas, la misma inquietud. El mismo deseo.


Catherine Heathcliff.


Lo que estoy escuchando: All Is Full of Love, de Björk.

Tal día como hoy, hace 25 años...


Tal día como hoy, hace 25 años, mi madre estaba de parto.


Tal día como hoy, hace 25 años, mi madre se preocupaba, porque sentía dolores de parto, pero no podía explicarse por qué, pues estaba embarazada de ocho meses; mi nacimiento no estaba programado hasta finales de diciembre. Regalo navideño en toda regla. Bueno, regalo o carbón, según como se mire...


Tal día como hoy, hace 25 años, mi padre estaba trabajando y mi madre, aparte de soportar con estoicismo los dolores, se preguntaba qué iba a hacer ella sin mi padre, en caso de que, efectivamente, yo decidiera salir antes de tiempo; ella no sabía conducir, y el hospital más cercano estaba a 19 kilómetros a través de una carretera estrecha y bacheada.


Tal día como hoy, hace 25 años, hacía un frío gélido. Normal, mis padres vivían en Hontoria de la Cantera, provincia de Burgos, y en noviembre... pues blanco y en botella.


Tal día como hoy, hace 25 años, mi padre llegó de trabajar a la hora de comer para irse justo después otra vez. Mi madre se lo prohibió: lo que llevaba dentro tenía prisa. Así que mi padre montó a mi madre en su Renault 12 amarillo limón (véase lo hortera que era mi padre por aquella época), presa del pánico, y no sabe explicarme cómo consiguió recorrer los 19 kilómetros de distancia. Pero llegó, ¿eh? Ahí, como un campeón. Y mientras mi madre iba en el coche camino al hospital, mi padre le decía: "Mamá Catherine, ¡¡¡¡¡aguanta!!!!!". Y mamá Catherine respondía, muy tranquila ella: "Si yo aguanto, Papá Catherine, pero lo que está dentro no".


Tal día como hoy, hace 25 años, nací a las 13.45 en Burgos capital. Según mi querida madre, y cito textualmente (es que yo no me acuerdo, vamos, por eso recurro a ella): "naciste a la hora de comer, en el hospital privado de la Cruz Roja, al lado del río Arlanzón y de la estatua del Cid". Casi nada, ¿eh? Y es que Charlton Heston... a mi madre siempre le gustó.


Tal día como hoy, hace 25 años, yo nací bastante pequeñita. ¡Paradojas de la vida, oiga! Pesé al nacer 2 kilos, 850 gramos. Mi madre cuando me vio sólo fue capaz de exclamar, de pura decepción: "¡Qué cosa más chica!". Yo me imagino la situación, ahí todo el mundo con el acento burgalés puro, y mi madre soltando eso por su boca, medio dormida, agotada y con su gracejo andaluz. Hubiese sido digno de ver, y yo lo vi, pero es que no me acuerdo, ¿por qué será?


Tal día como hoy, hace 25 años, la comadrona que atendió a mi madre en el hospital le dijo la profética frase de "¡ay, esta niña viene para monja!". Y mi madre, muy ¿sorprendida?, preguntó el motivo, a lo que la comadrona respondió: "Es que ha nacido mirando para arriba, y lo normal en los niños es que nazcan mirando para abajo, hacia las nalgas de la madre; esta niña ha mirado para arriba, estaba mirando hacia el Cielo, así que va a ser monja". Personalmente, 25 años después, yo no niego que esa profecía sea cierta, pero en mi caso me parece que la pobre comadrona tuvo poca visión de futuro...


Tal día como hoy, hace 25 años, abrí los ojos al mundo. Y si bien el mundo es a veces bastante perro, tiene cositas que merecen la pena ser vividas. Así que, tal y como dije en la entrada anterior, este es el primer cuarto de siglo, pero vendrá el segundo, el tercero... y unos cuantos añitos más.


...Espero...



Catherine Heathcliff.


Lo que estoy escuchando: Happy Birthday, de Stevie Wonder.

Happy Birthday, Teacher!


Un cuarto de siglo no se cumple todos los días, y de hecho, sólo se cumple una vez, porque a partir de ahora, ya serán dos cuartos de siglo, tres cuartos de siglo... y para de contar, que dudo mucho llegar al siglo completo, aunque quién sabe. Yo querría dar guerra eternamente, pero...


El caso es que el próximo domingo día 8 de noviembre, es decir, pasado mañana, Catherine Heathcliff, la que escribe, cumplirá la nada desdeñable cifra de 25 años. Y es que a mí siempre me ha gustado ese número. Supongo que es una buena edad, y en fin, creo que llega en el momento vital más apropiado para mí, pues hacía mucho tiempo que no me sentía así de bien en (casi) todos los sentidos. Dejemos el "casi" cauteloso, pues.


Hoy mis alumnos me han hecho un regalo. Un regalo precioso. Han escrito todos en una improvisada felicitación una dedicatoria, y está firmada por todos y cada uno de mis pupilos. Buenos deseos de cumpleaños y hermosas palabras de cariño. Además, me han cantado el cumpleaños feliz, tanto en la lengua de Albión como en nuestra lengua mater. Lo cierto es que ha sido toda una sorpresa, y aunque haya días en los que las clases no salgan del todo como yo esperaba, y aunque tenga la completa certeza que de aquí a junio tendré días pésimos, así como inmejorables, estoy infinitamente agradecida por el cariño que en tan poco tiempo recibo por parte de ellos.


A pesar de castigos, miradas severas, reprimendas, deberes extras, exámenes complicados... y a pesar de sonrisas, juego del Ahorcado el último cuarto de hora si se portan bien (eso sí, con vocabulario del tema, que hay que repasar), palabras de aliento, ánimo cuando parecen agobiarse (hay veces que utilizar el got o no detrás de have puede ser una decisión agotadora de la que dependa que Sevilla entera se hunda en una zanja o no).


Y a pesar de adorarlos. Porque es que ellos no son conscientes de lo mucho que su "seño" les aprecia. Hoy, mañana y siempre.


Mi tableta de chocolate negro, mi dedicatoria... what else could I ask?


Feliz cumple, seño.


Catherine Heathcliff.


Lo que estoy escuchando: Happy Birthday, de Bernadette Carroll.

Chocolate


Hoy es un día especial, o al menos, a mí me lo parece.


Y digo que a mí me parece especial porque alguien me ha endulzado la jornada, y por extensión, el resto de una semana que se me estaba haciendo un tanto cuesta arriba.


Hoy me han regalado una tableta de chocolate. De chocolate negro.


E, independientemente de lo infinitamente agradecida que me he sentido y que me siento por el hermoso detalle, ese gesto y los minutos de conversación posteriores han conseguido que comience a contemplar las cosas de otra manera.


Hoy he llegado a casa a la hora de comer y he escrito un mensaje con mi móvil. Lo he enviado. A los diez minutos, he recibido una llamada a mi teléfono.


- ¿Diga?

- ¡Hola!

- ¡Hola, papá!


...Muchísimas gracias...


Catherine Heathcliff.


Lo que estoy escuchando: Les Bonbons, de Jacques Brel.

Tras la máscara


Tenía la sensación de que le habían pegado un mazazo en la cabeza y acababa de despertar bruscamente. El dolor de cabeza tras una mala noche de sueño era permanente.


Parece ser que todo había sido producto de su inquieta imaginación. O eso, o ella había visto nublados sus sentidos y no entendía nada en absoluto.


Es increible lo volátiles que son los sentimientos, pensaba. Claro, lo son aquéllos que no corren parejos a otros. A los esperados.


Le sorprendía comprobar lo que habían provocado los escasos días de separación, y no podía evitar preguntarse si alguna vez había sido diferente, o si todo había sido devaneo sin rumbo fijo de sus anhelos.


Todo era demasiado complicado y ella estaba cansada de aguardar. Estaba cansada de sentirse una completa imbécil, y una vez más, se avergonzaba. ¿Es que acaso no iba a escarmentar?


Abrió la ventana. El fresco aire de la mañana acarició su cara. Pero eso no la renovó, como esperaba. Tal vez era porque desde hacía varios días no se sentía ella misma.


Es lo que suele pasar: tras la tempestad llega la calma, y tras la euforia llega el hundimiento.


O tal vez fuese sólo una cosa de paciencia, de seguir aguardando.


Pero, ¿para qué, al fin y al cabo?


La máscara era demasiado pesada, y estaba agotada de ocultarse tras ella.


Catherine Heathcliff.


Lo que estoy escuchando: Behind the Mask, de Fleetwood Mac (Behind the Mask)


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