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Una declaración. Un regalo. Nada más que decir. Sólo oir; escuchar.

Parte de la banda sonora de mi vida, una vez más.


Lo que estoy escuchando:


Catherine Heathcliff.

Confieso que...


- ¿Juras decir la verdad, nada más que la verdad?

- Lo prometo.

- No, lo prometo no; ¿lo juras?

- No, no lo juro; lo prometo. Desde pequeña me insuflaron el temor reverencial de nunca jurar y eso es lo que hago: nunca juro, sino que prometo.

- Bueno, tanto da. ¿Tienes ya lista tu confesión?

- Sí. Llevo todo el día de hoy con ella en mi cabeza.

- Comienza, pues.

- Es que no me apetece comenzar. Tampoco sé realmente si la confesión servirá para algo.

- La utilidad de tus palabras está por ver. De todas formas, eres plenamente consciente de que tus palabras no siempre han surtido el efecto deseado; o tal vez sí, y lo ignoras.

- Tal vez sí, y yo lo ignoro.

- ¿Pues...?

- Pues...

>> Confieso que todo ha cambiado. Casi estando en el final de año, puedo decir que difiere en su totalidad de cómo empezó. Todo lo que me rodea es diferente, satisfacción es la única palabra que se me ocurre para hacerle justicia a la sensación general que tengo dentro de mí. Estoy tranquila, francamente tranquila.

>> Confieso que yo misma me veo diferente en todos los sentidos; cambiada. Una vez mi madre me dijo que la gente nunca cambiaba, que siempre eran de tal o cual manera, pero dejaban a la luz la cara que mejor le convenía según las circunstancias. Yo no sé si es porque todo lo que diga mi madre para mí es palabra de Dios, a pesar de mis 25 años, pero la cuestión es que yo me lo creí a pies juntillas. Pero he constatado que es una verdad a medias, que dicen que es la peor de las mentiras. Yo lo siento, lo he experimentado, y hoy puedo decir que no soy la misma.

>> Confieso que si algo he aprendido durante todos estos meses es a dejar el tiempo correr. Las cosas vienen solas si no las buscas, dicen, porque empecinarse en la continua búsqueda de algo conlleva a la inevitable frustración y consiguiente desesperación ante la amarga espera.

>> Confieso que jamás me curaré de una grave enfermedad que padezco, llamada impaciencia. Jamás. Y eso es una paradoja, porque si he aprendido a dejar el tiempo correr no sé a cuento de qué sigo padeciendo esta impaciencia patológica que trunca cualquier intento de apaciguar mi agitado espíritu.

>> Confieso que me doy cuenta, cada día más, de lo difícil que soy. Soy una persona llena de complejidades, y supongo difícil de conducir en la intimidad. Quizá sea por eso por lo que últimamente tiendo a psicoanalizarme bastante y a llegar a determinadas conclusiones.

>> Confieso que todo es mucho más sencillo de lo que yo lo hago. Sería conveniente que aprendiera de una vez por todas y me autoconvenciera de que en esto he perdido. Tirar la toalla, quizás, y no empecinarme en algo que siempre he sabido que no estaba predestinado a mis manos. No sé por qué llegado a cierto punto disfracé lo que de hecho tenía delante de mí y obvié el factor de que son razones de peso para la no realización. El cerebro debe pesar más que el corazón, y lamentablemente ahora mismo no consigo evitar que mi corazón sea más pesado que mi masa encefálica.

>> Confieso que todo esto me sabe a poco. Las palabras vertidas, derramadas. ¿Por qué me es tan fácil escribir y me cuesta tanto hablar? Me cuesta hablar, y sin embargo, jamás guardo silencio.

>> Confieso que me gustaría saber realmente qué piensas.


-Ya es suficiente.


Catherine Heathcliff.


Lo que estoy escuchando: Private Universe, de Crowded House (Recurring Dream).

Primer día


Anoche, cuando me fui a la cama, hice balance del fin de semana. Acostada cogí mi móvil, puse la alarma para levantarme temprano hoy lunes y, antes de apagar el teléfono, decidí escuchar algo de música. Fui a la carpeta del móvil donde tengo en formato mp3 mis canciones, y elegí The Scientist, de Coldplay. No es ningún secreto lo que esa canción significa para mí, así que pensé que qué mejor manera de poner punto y final a un cumpleaños realmente especial.


Las primeras notas del piano comenzaron a sonar a través del pequeño altavoz de mi móvil. Lo puse debajo de mi almohada y me arropé; apagué la luz y apoyé la cabeza, de manera que la música parecía envolver el silencio de la noche.


No puedo evitar pensar que este cumpleaños ha sido diferente en todos los sentidos, distinto a todos los vividos anteriormente. Sé muy bien por qué es, y también sé que me gustaría vivir algo parecido el próximo año, y al siguiente, y al siguiente...


La canción dejó de sonar y yo no pude más que hacerme preguntas que yo sola no sé responder.


¿No sería más fácil acaso hablar sin tapujos? ¿Sin cortapisas, abiertamente? A veces siento que escondo mi alma porque las circunstancias me obligan a ello, pero si yo sintiera que hay un sólo atisbo de poder mostrarla desnuda, sin ningún atavío, lo haría, sin dudarlo.


Deben ser los años, pero cierto es que me he vuelto muy reservada. Todo lo escondo dentro de mí. Tan sólo parece ser que cuando escribo me dejo arropar por las cálidas palabras que me ayudan a expresar gráficamente la inquietud de mi alma.


Me agota. Me gustaría poder despojarme de toda vestidura impostada y decir lo que realmente anhelo decir... pero, de nuevo, no puedo hacer lo sola. Necesito ayuda.


¿Debería temer el riesgo?


Primer día, un año más... pero las mismas preguntas, la misma inquietud. El mismo deseo.


Catherine Heathcliff.


Lo que estoy escuchando: All Is Full of Love, de Björk.

Tal día como hoy, hace 25 años...


Tal día como hoy, hace 25 años, mi madre estaba de parto.


Tal día como hoy, hace 25 años, mi madre se preocupaba, porque sentía dolores de parto, pero no podía explicarse por qué, pues estaba embarazada de ocho meses; mi nacimiento no estaba programado hasta finales de diciembre. Regalo navideño en toda regla. Bueno, regalo o carbón, según como se mire...


Tal día como hoy, hace 25 años, mi padre estaba trabajando y mi madre, aparte de soportar con estoicismo los dolores, se preguntaba qué iba a hacer ella sin mi padre, en caso de que, efectivamente, yo decidiera salir antes de tiempo; ella no sabía conducir, y el hospital más cercano estaba a 19 kilómetros a través de una carretera estrecha y bacheada.


Tal día como hoy, hace 25 años, hacía un frío gélido. Normal, mis padres vivían en Hontoria de la Cantera, provincia de Burgos, y en noviembre... pues blanco y en botella.


Tal día como hoy, hace 25 años, mi padre llegó de trabajar a la hora de comer para irse justo después otra vez. Mi madre se lo prohibió: lo que llevaba dentro tenía prisa. Así que mi padre montó a mi madre en su Renault 12 amarillo limón (véase lo hortera que era mi padre por aquella época), presa del pánico, y no sabe explicarme cómo consiguió recorrer los 19 kilómetros de distancia. Pero llegó, ¿eh? Ahí, como un campeón. Y mientras mi madre iba en el coche camino al hospital, mi padre le decía: "Mamá Catherine, ¡¡¡¡¡aguanta!!!!!". Y mamá Catherine respondía, muy tranquila ella: "Si yo aguanto, Papá Catherine, pero lo que está dentro no".


Tal día como hoy, hace 25 años, nací a las 13.45 en Burgos capital. Según mi querida madre, y cito textualmente (es que yo no me acuerdo, vamos, por eso recurro a ella): "naciste a la hora de comer, en el hospital privado de la Cruz Roja, al lado del río Arlanzón y de la estatua del Cid". Casi nada, ¿eh? Y es que Charlton Heston... a mi madre siempre le gustó.


Tal día como hoy, hace 25 años, yo nací bastante pequeñita. ¡Paradojas de la vida, oiga! Pesé al nacer 2 kilos, 850 gramos. Mi madre cuando me vio sólo fue capaz de exclamar, de pura decepción: "¡Qué cosa más chica!". Yo me imagino la situación, ahí todo el mundo con el acento burgalés puro, y mi madre soltando eso por su boca, medio dormida, agotada y con su gracejo andaluz. Hubiese sido digno de ver, y yo lo vi, pero es que no me acuerdo, ¿por qué será?


Tal día como hoy, hace 25 años, la comadrona que atendió a mi madre en el hospital le dijo la profética frase de "¡ay, esta niña viene para monja!". Y mi madre, muy ¿sorprendida?, preguntó el motivo, a lo que la comadrona respondió: "Es que ha nacido mirando para arriba, y lo normal en los niños es que nazcan mirando para abajo, hacia las nalgas de la madre; esta niña ha mirado para arriba, estaba mirando hacia el Cielo, así que va a ser monja". Personalmente, 25 años después, yo no niego que esa profecía sea cierta, pero en mi caso me parece que la pobre comadrona tuvo poca visión de futuro...


Tal día como hoy, hace 25 años, abrí los ojos al mundo. Y si bien el mundo es a veces bastante perro, tiene cositas que merecen la pena ser vividas. Así que, tal y como dije en la entrada anterior, este es el primer cuarto de siglo, pero vendrá el segundo, el tercero... y unos cuantos añitos más.


...Espero...



Catherine Heathcliff.


Lo que estoy escuchando: Happy Birthday, de Stevie Wonder.

Happy Birthday, Teacher!


Un cuarto de siglo no se cumple todos los días, y de hecho, sólo se cumple una vez, porque a partir de ahora, ya serán dos cuartos de siglo, tres cuartos de siglo... y para de contar, que dudo mucho llegar al siglo completo, aunque quién sabe. Yo querría dar guerra eternamente, pero...


El caso es que el próximo domingo día 8 de noviembre, es decir, pasado mañana, Catherine Heathcliff, la que escribe, cumplirá la nada desdeñable cifra de 25 años. Y es que a mí siempre me ha gustado ese número. Supongo que es una buena edad, y en fin, creo que llega en el momento vital más apropiado para mí, pues hacía mucho tiempo que no me sentía así de bien en (casi) todos los sentidos. Dejemos el "casi" cauteloso, pues.


Hoy mis alumnos me han hecho un regalo. Un regalo precioso. Han escrito todos en una improvisada felicitación una dedicatoria, y está firmada por todos y cada uno de mis pupilos. Buenos deseos de cumpleaños y hermosas palabras de cariño. Además, me han cantado el cumpleaños feliz, tanto en la lengua de Albión como en nuestra lengua mater. Lo cierto es que ha sido toda una sorpresa, y aunque haya días en los que las clases no salgan del todo como yo esperaba, y aunque tenga la completa certeza que de aquí a junio tendré días pésimos, así como inmejorables, estoy infinitamente agradecida por el cariño que en tan poco tiempo recibo por parte de ellos.


A pesar de castigos, miradas severas, reprimendas, deberes extras, exámenes complicados... y a pesar de sonrisas, juego del Ahorcado el último cuarto de hora si se portan bien (eso sí, con vocabulario del tema, que hay que repasar), palabras de aliento, ánimo cuando parecen agobiarse (hay veces que utilizar el got o no detrás de have puede ser una decisión agotadora de la que dependa que Sevilla entera se hunda en una zanja o no).


Y a pesar de adorarlos. Porque es que ellos no son conscientes de lo mucho que su "seño" les aprecia. Hoy, mañana y siempre.


Mi tableta de chocolate negro, mi dedicatoria... what else could I ask?


Feliz cumple, seño.


Catherine Heathcliff.


Lo que estoy escuchando: Happy Birthday, de Bernadette Carroll.

Chocolate


Hoy es un día especial, o al menos, a mí me lo parece.


Y digo que a mí me parece especial porque alguien me ha endulzado la jornada, y por extensión, el resto de una semana que se me estaba haciendo un tanto cuesta arriba.


Hoy me han regalado una tableta de chocolate. De chocolate negro.


E, independientemente de lo infinitamente agradecida que me he sentido y que me siento por el hermoso detalle, ese gesto y los minutos de conversación posteriores han conseguido que comience a contemplar las cosas de otra manera.


Hoy he llegado a casa a la hora de comer y he escrito un mensaje con mi móvil. Lo he enviado. A los diez minutos, he recibido una llamada a mi teléfono.


- ¿Diga?

- ¡Hola!

- ¡Hola, papá!


...Muchísimas gracias...


Catherine Heathcliff.


Lo que estoy escuchando: Les Bonbons, de Jacques Brel.

Tras la máscara


Tenía la sensación de que le habían pegado un mazazo en la cabeza y acababa de despertar bruscamente. El dolor de cabeza tras una mala noche de sueño era permanente.


Parece ser que todo había sido producto de su inquieta imaginación. O eso, o ella había visto nublados sus sentidos y no entendía nada en absoluto.


Es increible lo volátiles que son los sentimientos, pensaba. Claro, lo son aquéllos que no corren parejos a otros. A los esperados.


Le sorprendía comprobar lo que habían provocado los escasos días de separación, y no podía evitar preguntarse si alguna vez había sido diferente, o si todo había sido devaneo sin rumbo fijo de sus anhelos.


Todo era demasiado complicado y ella estaba cansada de aguardar. Estaba cansada de sentirse una completa imbécil, y una vez más, se avergonzaba. ¿Es que acaso no iba a escarmentar?


Abrió la ventana. El fresco aire de la mañana acarició su cara. Pero eso no la renovó, como esperaba. Tal vez era porque desde hacía varios días no se sentía ella misma.


Es lo que suele pasar: tras la tempestad llega la calma, y tras la euforia llega el hundimiento.


O tal vez fuese sólo una cosa de paciencia, de seguir aguardando.


Pero, ¿para qué, al fin y al cabo?


La máscara era demasiado pesada, y estaba agotada de ocultarse tras ella.


Catherine Heathcliff.


Lo que estoy escuchando: Behind the Mask, de Fleetwood Mac (Behind the Mask)


Pater familias


Comencé a hacer deporte a finales de 2006. Desde esa época hasta día de hoy es algo rutinario, algo que hago cada día, sin excepción, en sesiones de una a dos horas diarias. Aerobic, pilates, tai chi, yoga, correr... todos los días hago aeorobic y pilates, y dos veces por semana también salgo a caminar y a correr durante dos horas. Siempre he sido de hacer deporte en soledad; nunca me ha gustado compartir ese momento. Hasta ahora.


Desde hace unas semanas, comencé a hacer mis sesiones particulares con una gran persona, y desde entonces, mis horas deportivas no son lo mismo. Disfruto como una niña pequeña, hasta el punto de que si llega el día en que tengo que hacer deporte sola, se me hace cuesta arriba completar la sesión, aunque lo haga. Nos reímos mucho y nos sentimos satisfechas al finalizar los ejercicios, beber un vasito de Aquarius y sonreir a cuasa de las endorfinas que segrega el cerebro. Me encanta. ¡Y mañana más!


Hoy hemos tenido antes sesión de cine. Palomitas en mano, hemos disfrutado de una buena película y charlas varias, y después, a ejercitarse, para que no se pierda ni un sólo día y eliminemos el sentimiento de culpabilidad de las palomitas.


Ahora, mientras escribo esto y saboreo un caramelo Werther, siento agujetas en mis brazos a causa de las pesas. Hasta esta noche no me he quedado sola en el piso y hoy más que nunca me siento sola. Este fin de semana ha sido difícil. Para lo que muchos ha sido un puente para disfrutar, para mí ha sido unos días para sentirme lejos de un ser querido. No me gusta no llegar a una entente cordiale con esa persona, ni me gusta tampoco ver a mi madre que sufre en silencio nuestra falta de entendimiento. Echo de menos que me llamen desde casa y que me hablen dos personas...


Me voy a ir a la cama ahora mismo, justo cuando termine esta entrada, pero a diferencia de semanas atrás, esta noche será dolorosamente triste. Siento lágrimas cálidas, pero no me permito llorar. Hoy no.


Estoy agotada esta noche. Mañana será otro día... sesión de deporte incluida, rato de evasión. El escape que necesito y que mis solitarias tardes de café no me aporta.


Te echo de menos, papá.


Catherine Heathcliff.


Lo que estoy escuchando: On your porch, de The Format.

Me gusta


Me gusta Sevilla. De hecho, me gusta muchísimo Sevilla. Me gusta pasear por sus calles, sin aparente rumbo fijo. Me da igual el propósito o razón, el día, la estación del año, las circunstancias... para mí, cada esquina de esta ciudad esconde un tesoro a descubrir.


Me gustan las fuentes. Me puedo tirar horas contemplando el agua, oírla correr, sentarme en un bordillo en ellas... y aquí en Sevilla las hay a miles.


Me gusta el río Guadalquivir.


Me gusta sonreir. Me encanta ver cómo alguien también me responde con una sonrisa, pero sólo si ésta es sincera.


Me gusta la amabilidad. Yo siempre digo que ser amable no cuesta nada, es gratis, así que no entiendo por qué hay veces que la gente es antipática por naturaleza. Me gusta decir "buenos días", o "buenas tardes", o "buenas noches", o un simple "hola", y que me contesten.


Me gusta cómo huele mi madre. De hecho, creo que deberían patentar su olor, porque es el aroma más hermoso que jamás he percibido. La piel de mi madre huele a dulce, a jabón. A mamá. Me enorgullece decir que es sólo para mí cuando me abraza.


Me gusta la amistad. La sincera.


Me gusta una buena conversación, de cualquier tema, quizás, pero que sea buena e interesante. Me gusta hablar, y hablar, y hablar... y tener delante a alguien que sepa escuchar. Y viceversa, porque siempre me he considerado alguien que sabe escuchar.


Me gustan los animales, los perritos, especialmente. Pero por encima de todos, mi perrita Lupy.


Me gusta el cine, la música, el teatro, la literatura. Disciplinas muy conectadas, no compartimentos estancos. Cuatro grandes pilares en mi vida.


Me gusta Tim Burton, Coldplay, las Brontë y Daniel Day-Lewis.


Me gusta todo lo gótico, si bien no como estilo de vida, sí como estética y cultura. Me apasiona.


Me gustan mucho los coches. Hablar de mecánica, de modelos, de marcas, de prestaciones... puedo pasarme las horas muertas hablando de los pros y los contras del motor híbrido del Toyota Prius, o intentando explicar por qué el Mini es mi coche favorito... y el que nunca podré conseguir, no me llega el dinero. Me gusta también el fútbol, como decía la coplilla. Hace años veía hasta los partidos de segunda división, pero con el paso del tiempo, he visto reducido mi interés sobre todo a mi equipo predilecto, al que sigo al milímetro. Los coches, el fútbol... no me gustan los clichés, pero son cosas que hacen que mis amigos me digan "y eso que eres chica". Repito, no me gustan las etiquetas.


Me gusta conducir.


Me gustan las caricias, los abrazos, los besos. Darlos y recibirlos.


Me gusta escribir.


Me gustan los comentarios en mi humilde blog. Leerlos y responderlos.


Me gusta la fruta, la verdura y la carne de pollo. Me gusta la comida de mi madre. Es la mejor del mundo. Me gusta muchísimo cocinar, y además, se me da bien, lo reconozco, aunque peque de soberbia.


Me gusta la ropa, los zapatos, los cosméticos, los perfumes, los complementos. Tengo un lado frívolo que a veces es bastante poderoso; peligrosamente poderoso, diría yo.


Me gusta la higiene y el orden milimétrico.


Me gusta la puntualidad.


Me gusta comer tranquilamente, jamás sin prisa. Si tengo que levantarme media hora antes para desayunar con pausa, lo haré.


Me gusta mi trabajo. Adoro la enseñanza y la investigación. Hay docentes que, tristemente, no son conscientes de la maravillosa labor que tenemos la suerte de impartir.


Me gusta comer o cenar fuera, para después tener una sesión de cine o una copa o café tranquilos.


Me gusta el café y el Cola-Cao.


Me gusta soñar, imaginar lo que con secreto anhelo oculto dentro de mí, aguardando a que algún día quizás se cumpla.


Me gustan las ironías, el sarcasmo y las indirectas. Y también las paradojas, pues me gusta que la gente sea clara y concisa conmigo; que me digan las cosas sin miedo.


Me gusta el silencio. Sé guardar un secreto.


Y, aunque parezca mentira, no me gusta nada hablar de mí. Así que quizás he escrito estas líneas para que alguien sepa algo más de mí, o simplemente, son un examen de conciencia. Me gustan muchísimas cosas más, pero han brotado de mis teclas éstas. No en el orden de preferencia.


Me gusta esta entrada...


Catherine Heathcliff.


Lo que estoy escuchando: Nine Million Bicycles, de Katie Melua (Call off the Search).

Agora (2009), de Alejandro Amenábar


Sinopsis: En el siglo IV, Egipto era una provincia más del Impero Romano. Su capital, Alejandría, se había convertido en el último reducto de una cultura a extinguir, cuyo trágico primer paso fue la destrucción de su emblemática biblioteca. En una época de revueltas de religión, en la que cristianos, judíos y paganos luchan por su supremacía, la brillante astrónoma Hipatia, atea y filósofa, lucha por preservar la sabiduría del mundo antiguo, sin percatarse de, por un lado, que su esclavo, Davo, se debate entre el apasionado amor que le profesa y el ansia de libertad que el cristianismo le ofrece, ni de que su antiguo discípulo Orestes, futuro prefecto, por otro, también la desea.

Este viernes saqué un poquito de tiempo y finalmente conseguí ir al cine a ver la película de la que todo el mundo habla. Lo cierto es que ya, directamente y sin dar más rodeos, no me gustó un pelo lo que vi. Venga, vale, sí, lo admito: me lloverán lanzas, dagas y cuchillos varios cuando la gente lea esto, pero es que es la pura verdad. Venga, la escenografía es magnífica, así como la fotografía; la ambientación, el atrezzo... y, sobre todo, lo que a mí más me gustó fue la banda sonora, de Dario Marianelli, que me pareció realmente impresionante. De verdad.

Lo cierto es que no entiendo varias cosas. La primera es por qué todo lo que huela a Amenábar es intocable. Que sí, que tiene un Oscar en su haber y que es un muy buen realizador, pero de ahí a que todo el mundo acuda cegado por su resplandeciente luz... venga ya. También hay que ser objetivos, y a mí me parece que Agora tiene un guión muy pobre. Se me hizo corta para no ser una película de escaso metraje, pero es que eso fue así porque me pasé todas las escenas buscando una explicación a la presencia de Hipatia por ahí. Porque, para mí, Hipatia es un mero pretexto por parte de Amenábar para representar las consecuencias del extremismo religioso por parte tanto de cristianos, como de judíos, como de paganos. Hipatia llega, enseña, investiga, hace un descubrimiento que tambalearía los cimientos de la ciencia y muere. Hala, ya está. Y mientras sus conciudadanos pegándose mamporros y espadazos a cascoporro. Siento ser tan superficial a priori, pero ese es el sabor de boca que me dejó la supuesta obra maestra de Amenábar.
Y me río también de aquéllos que dicen que Rachel Weisz es un pedazo de actriz, que demuestra su talento en Agora. Vamos a ver, señores: de toda la vida de Dios la señorita Weisz ha demostrado ser una actriz como la copa de un pino, no es nada nuevo y no necesita de Agora para probarlo. A su filmografía me remito, destacando grandes interpretaciones como El hombre que vino del mar, (Swept from the Sea, 1997), Enemigo a las puertas (Enemy at the Gates, 2001), El jardinero fiel (The Constant Gardener, 2005) o La fuente de la vida (The Fountain, 2006). Así que sí, Agora merece también la pena no sólo por los aspectos ténicos, sino también por ella. Porque estallo a carcajada limpia con el resto de secundarios, como Max Minghella, en el papel de Davo. Y es que el apellido tiene tela de influencia, vamos, porque otra cosa no me explico yo. Y bueno, salvo de la quema a Oscar Isaac, el actor guatemalteco que interpreta a Orestes, porque su interpretación me pareción buena a secas y porque su presencia escénica a mí me pareció arrebatadora y subyugante. Pero ya está.

En fin, creo que seré la única española que opine algo negativo de Agora. Francamente, me da igual. Yo, desde mi humilde blog, no la recomiendo en absoluto. Ahora ya cada uno que haga lo que quiera.

Evidentemente.

Catherine Heathcliff.

Lo que estoy escuchando: Woman, de Neneh Cherry.

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